La luna no vino a la era con su polisón de nardos.

Solo las estrellas, muchas aquella noche, aportaron su gota de luz a través de los agujeritos de plata  que hacía en el cielo la muletita del perro cojo de Benítez Carrasco.

Acaso vino más tarde la luna a la era. Ya nos habíamos ido. Pero ella no llega tarde nunca. Escoge su presencia cuando le parece, aunque ignoremos sus razones. Nos las explican los sabios pero no les hacemos caso los poetas o los  humanos sencillos que sabemos mucho de cabañuelas  y nada de cálculos elípticos planetarios. Pegados a la tierra como caracoles, nuestras luces no alcanzan más alto que la copa de una ortiga o un cardo.

Éramos como una veintena. Era la noche del 18 al 19 de agosto. Nos habíamos citado en una era milagrosamente conservada después de treinta o cuarenta años en paro forzoso, tendida en redondez lunera, expuestas a soles,   rocíos y lluvias, sus lajas pizarrosas contorneadas por juntas blandas de yerbecillas que las compactan. La era culmina el sombrero de un cerrillo y, desnuda ante las sierras del contorno y el horizonte marino del sur, contempla loa cuadros luminosos del pueblo y escucha el rumor que desde el fondo del valle pregona el río en su constante lucha erosiva contra las rocas de su cauce.

Creíamos, y lo seguimos creyendo, que la soledad angustiosa que Federico tendría aquella noche, hace muchos años (para qué una cifra), acaso podríamos aliviarla con nuestro mutuo sentir. Uno tras otro, a la luz de alguna lamparilla, fuimos leyendo, con un inevitable carraspeo de esparto mojado, palabras que habíamos escrito para la ocasión, palabras para él de otras dolidas tintas, o palabras suyas derramadas por sus versos sin par. Desde hacía meses, un poeta del pentagrama había ido poniendo notas a algunos poemas lorquianos y aquella noche nos los fue cantando, alternado con las otras sentidas palabras.

Una amiga previsora había preparado un chocolate caliente que nuestra entraña agradeció porque las serranas noches cañoneras no se olvidan de soplar, sierra arriba, un airecillo fresco que enfría las cales de las paredes, los suelos de los campos y las pieles tostadas por la canícula del mediodía. Para dejar constancia, se recogieron los folios leídos para soterrarlos en cristal, bajo alguna piedra. Palabras enterradas y escondidas, como los huesos del poeta.

Alguien se había ocupado de sustituir una laja del suelo por un trozo de mármol con una inscripción: Noches con Lorca. Mármol de Sierra Elvira, tierras de Federico, asentado entre lajas pizarrosas de nuestro pueblo. Emotivo hermanamiento.

Todos se comprometieron (se lo prometieron a Federico) a repetir el acto cada año, cada noche del 18 de agosto. Pablo, un niño de 11 años, dijo: “Estoy empezando a estudiar música con un saxo. El año que viene vendré a tocar algo…”

Las linternas le quitaban tropiezos al camino, facilitando nuestra dispersión silenciosa. La luna seguía ausente, acaso ocupada en iluminar a los que siguen buscando a Federico por tierras de Víznar o Alfacar.

La era nos prometió esperarnos, soportando con gusto un año más de quietud, ahora que sabe que no la olvidaremos y que le hemos dado el cargo de guardián de nuestra memoria lorquiana.