Voy a plantear una cuestión que afecta a la Iglesia Católica, pero no solo a ella. Es un problema de hondo calado. La voy a plantear desde dos ópticas, la canónica y la teológica. Me refiero al matrimonio canónico en la situación actual, que como se sabe, ha ido socialmente en declive: La gente se casa cada vez menos por la Iglesia, en parte porque cada vez hay menos práctica religiosa católica, y en parte porque cada vez abundan más las uniones de hecho. Por otra parte, los expedientes de nulidad matrimonial, debido al dinero que cuestan, y sobre todo, a la lentitud que llevan, son una cifra insignificante en relación a los divorcios que se producen.

Todo esto es un problema eclesial inquietante ante el que no se ha dado una solución satisfactoria, que explica que el Papa convocara un sínodo de dos años tras el que publicó una exhortación postsinodal especialmente importante, Amoris Laetitia, que sin duda será un motor en el replanteamiento futuro de la pastoral familiar en la Iglesia.

Pero me voy a ceñir a la cuestión que quiero plantear. Empezaré por la perspectiva jurídica.

Como es sabido, el matrimonio canónico, en cuanto matrimonio, en cuanto al vínculo matrimonial que crea el matrimonio como consecuencia del consentimiento mutuo entre los esposos, es exactamente tan matrimonio como el matrimonio natural que pueden contraer dos no creyentes, añadiendo únicamente la sacramentalidad, por la cual se refuerza la indisolubilidad y la unidad entre los esposos.

Pero tan verdadero matrimonio es el contraído canónicamente por dos cristianos como el contraído fuera de la Iglesia por dos no cristianos. La diferencia está en la gracia sacramental, pero no en el matrimonio, por el que los dos pasan a ser “una sola carne”. La diferencia está en que en el matrimonio canónico, los esposos pasan a ser signo visible del amor con que Cristo ama a su Iglesia, pero por lo demás, tan matrimonio es el canónico como el matrimonio natural, civil, contraído, por ejemplo, ante un alcalde o concejal, por dos no cristianos.

Debido a que, para un cristiano, la sacramentalidad no es algo “superpuesto” o añadido al matrimonio natural, sino que forma parte intrínseca del mismo vínculo matrimonial entre cristianos, no es posible, para un cristiano, casarse por lo civil, sino que debe hacerlo “en el Señor”, como se expresaba en los primeros tiempos del cristianismo, esto es, por la Iglesia, al modo sacramental. Y precisamente por ello, suele ser habitual que los Estados (por ejemplo, el Estado español, a través de los Acuerdos vigentes con la Santa Sede) reconozcan validez civil a las uniones canónicas, sin necesidad de exigir nuevo matrimonio civil además del canónico, puesto que en el canónico ya está el civil incluido, y no procede una repetición.

Al decir que, para los cristianos, la única forma válida de matrimonio es la canónica, debe entenderse, desde una perspectiva jurídica, que un matrimonio civil entre bautizados no es matrimonio. Si pensamos detenidamente esta afirmación, podemos quedarnos algo perplejos. De todas formas, conviene tener presente que estamos hablando desde una perspectiva jurídica.

Por poner un ejemplo de todo lo anterior, esto es lo que posibilitó que Leticia Ortiz Rocasolano, actual reina de España, pudiera contraer matrimonio canónico con Felipe de Borbón hace años, ya que su anterior matrimonio civil se entendió que no era tal, al ser ella bautizada, de modo que hubiera sido matrimonio si se hubiera contraído por la Iglesia, pero no por lo civil, que es lo que sucedió. Por eso, canónicamente, no se entendió que, al casarse con Felipe, lo hiciera por segunda vez, sino por primera vez, y por tanto, se admitió que se casara canónicamente.

Pero hasta ahora hemos hablado desde una perspectiva jurídica, cuando detrás de todo esto, lo que hay son personas, que aunque nominalmente figuren en las filas de la Iglesia, puede ser que no lo sean de corazón. Quiero decir, que lo jurídico no lo es todo, sobre todo teniendo en cuenta que la norma siempre viene después de la vida misma. ¿Qué hacer, pues?

Hace no mucho tiempo, tengo entendido que el Cardenal Sebastián planteó una cuestión, no jurídica, sino teológica, bastante valiente y comprometida, de la siguiente manera: El matrimonio canónico es un sacramento, una acción sagrada, en la que es Cristo mismo quien crea un vínculo sagrado entre los esposos cristianos. Para recibir el matrimonio canónico, como para cualquier sacramento, es preciso, ante todo, tener la fe católica. Por tanto, cabe plantearse que quien recibe el sacramento del matrimonio sin tener la fe católica (y por tanto, sin asumir las consecuencias que se generan desde la fe y se despliegan en la vida matrimonial y en las obligaciones inherentes al matrimonio cristiano), puede ser que lo reciba inválidamente con toda probabilidad. Aunque los sacramentos tienen eficacia por si mismos, por la misma obra del sacramento, también es cierto que tienen fuerza por la voluntad y el asentimiento de quien recibe el sacramento: los sacramentos no se confieren a piedras, sino a seres humanos, cristianos, con entendimiento y voluntad, con libertad, con conciencia. Esto no se puede olvidar.

La fe es un asentimiento interior, que afecta a lo más íntimo de la conciencia. De lo que acabamos de exponer se deduce que no bastan los requerimientos formales jurídicos para la validez de un matrimonio. No somos máquinas. El Papa apuntó no hace mucho que no sería extraño que un 50% de los matrimonios canónicos actuales fueran nulos, habida cuenta de que muchos de los que se casan por la Iglesia no profesan en su corazón la fe católica o no conocen lo que hacen casándose.

El planteamiento teológico expuesto tiene hondo calado, ya que echa por tierra el planteamiento jurídico anterior que parece contar solo con datos de fuero externo tales como la partida de bautismo y la no existencia de declaración formal de apostasía por parte de los contrayentes, pero ignora el interior de las personas, fundamental en una institución como el matrimonio, cuyo corazón es el amor, el cual se hace esencial si se trata de ser signo visible del amor de Cristo a su Iglesia, y para lo cual es imprescindible empezar por el principio, esto es, tener la fe católica de corazón, no solo “estar apuntado” a la Iglesia.

Por muchos planteamientos jurídicos que se hagan, no podemos olvidar que Dios siempre mira al corazón. Y la Iglesia, esposa de Cristo, nunca puede dejar de tener esto en cuenta.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.