Las cuestiones relativas a la comunicación me interesan, pues tocan de cerca el trato humano, y por ello, la relacionalidad de la persona con todo lo que ello lleva consigo, sobre todo lo relativo al amor, desde el conyugal hasta la mera cortesía (que también es amor), pasando por las variadas formas de la amistad.

Voy a tocar una cuestión muy concreta que pone a prueba el amor a las personas. Me refiero al modo de terminar una conversación. Para empezar, diré de modo general que entiendo que es una manifestación de amor a los demás evitar ser uno quien termine una reunión o conversación; hay que procurar que sea nuestro interlocutor quien la termine. Esta actitud supone una manifestación delicada de amor al prójimo pues supone ponerse a disposición de él y ofrecerle nuestro tiempo (esto es, nuestra vida, pues somos tiempo) hasta que él decida.

No me refiero solo a no dejar al otro con la palabra en la boca de un modo grosero, sino llegar a más: portarnos de tal manera que parezca que tenemos todo el tiempo del mundo para él, para atenderle, para interesarnos por sus asuntos.

Que sea él el que de por terminada la conversación. No manifestarle que tenemos prisa, si la tenemos, y menos aún que se de cuenta de que es un coñazo, si lo es.

Saber escuchar es un arte muy difícil.

Por supuesto que, si tenemos prisa o la conversación se promete interminable y redundante por parte de nuestro interlocutor, habrá que orientarla de tal modo que llegue un momento en el que él mismo la de por finalizada, sin sospechar siquiera que le hemos inducido a ello. En esto es fundamental que él no se entere de la maniobra. Puntualizo: es una maniobra que entraña caridad, amor al prójimo. Evidentemente nosotros tendremos otras obligaciones que cumplir, pero no es aceptable que las cumplamos a costa de maltratar al prójimo, dándole a entender que nos importa un pimiento lo que nos está contando.

Dentro del capítulo de concluir una conversación hay una situación en la que me quiero detener, un defecto muy usual que hace mucho daño al prójimo con quien hablamos. Me explico.

Si estamos en una conversación y en un momento determinado hacemos una pregunta a nuestro interlocutor, HAY QUE ASUMIR SU RESPUESTA. Entiendo que es de una falta de caridad garrafal hacerle una pregunta y, cuando empieza a contestarla, interrumpirle bruscamente y decirle algo así como “perdona, no sigas, tengo prisa”. Y terminar la conversación.

Esa actuación de dejar a nuestro interlocutor con la palabra en la boca cuando hemos sido nosotros precisamente los que le hemos dado pie a que hable y nos responda a lo que le hemos preguntado, indica un desprecio supino, un gesto con el que estamos indicando que no solo no nos interesa lo que dice, sino que no le hemos preguntado por interés hacia él o hacia sus conocimientos, sino simplemente por pasar el rato, pero que realmente lo que nos está diciendo no nos interesa en absoluto, y él tampoco; que nuestra conversación con él ha sido un modo de matar el tiempo, que le hemos utilizado como simple evasión, pero nuestra cabeza está en otra parte.

Este modo de actuar hace muchísimo daño a quien es destinatario de este desprecio. Asimismo, quien actúa así demuestra muy poca delicadeza con las personas al tener tan poca consideración con ellas. Se hace claro acreedor a que los demás tomen nota y hagan con él desprecios parecidos, y de esa forma se enturbie la convivencia.

Cuando estamos en una conversación, hay que pensar dos veces la pregunta que nos viene al pensamiento en un momento, sobre todo si se va haciendo tarde y hay que acabar. Hay que pensar dos veces esa pregunta. Ahora bien, si la hacemos, hay que estar dispuesto a que nuestro interlocutor se explaye contestándola, y hay que escucharle con atención. Nuestro interlocutor no es un pelele, y nosotros hemos de ser coherentes: si hemos manifestado interés al formular una pregunta, debemos seguir manifestándolo mientras nuestro interlocutor responde. Lo contrario es falsedad.

Repito lo dicho más arriba: Escuchar es un arte muy difícil.