¿Cuántos “amigos” nos quedarían tras tres meses de desconexión del aparatejo que llevamos pegado a la mano todo el día?

¿Progreso o regreso? Yo no lo tengo muy claro. Vivo enganchado a un aparato en el que la información, que se expande como un océano de ciencia con dos milímetros de profundidad, satura mi psique hasta lograr que prácticamente nada sea tan relevante como para perder un minuto de mi tiempo. Pero es que nada lo es, cientos de magníficos escritos se apelotonan y llaman compulsivamente a mi puerta ansiosos de ofrecerme 40 segundos de ciencia, pero no lo consiguen, se me atascan en la bandeja de entrada y mis dedos los obvian.

Caminamos firmes al rumbo de la dependencia total y absoluta de unos dispositivos que, creando vidas virtuales, nos envían a un mundo de aislamiento cableado. Parece que ya es posible vivir satisfactoriamente dentro de 20 centímetros de pantalla, es lo que tiene el primer mundo, que la población necesita ocupar sus vidas con una socialización ficticia. No hay más que ver que el pánico se adueña de ti tras el agotamiento de la batería o el olvido del cacharrito en casa.

Apáguenlo y vivan, si pueden.

PABLO CAMBRONERO

Licenciado en Derecho que trabaja en el ámbito policial. Mi afición desde los siete años es escribir sobre cualquier tema que me ronde. Colaborador de Expreso del Sur.