Adolfo Fernández es ‘Pablo’, un ejecutivo misántropo y áspero, solitario, hastiado y perdedor, y Susana Abaitua encarna a ‘Rosana’, la adolescente turbadora, la ‘Lolita’ inocentemente perversa de La flaqueza del bolchevique. La versión escénica de la novela de Lorenzo Silva, un trabajo de David Álvarez que guarda “un 85% de fidelidad al texto original”, se instala hoy y mañana en el Teatro Echegaray de Málaga.

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Escena de ‘La flaqueza del bolchevique’. FOTO: Sergio Parra

Álvarez firma la adaptación y también la dirección conjunta con Fernández de una historia que rozó el Premio Nadal (fue finalista en 1997) y que luego fue llevada a la gran pantalla por Manuel Martín Cuenca en una cinta protagonizada por Luis Tosar y una María Valverde que empezó a despegar con su Goya a Actriz Revelación. La adaptación para las tablas de esta tragicomedia del escritor de El alquimista impaciente se apoya en la iluminación fría de Pedro Yagüe y una ajustada escenografía de José Ibarrola para resaltar el papel de narrador de ese ‘Pablo’ que choca con el coche de una irritante ejecutiva, ‘Sonsoles’, y que decide ‘aniquilarla’… hasta que se topa con su hermana, la sugerente mozuela interpretada por Susana Abaitua. Humor y fascinante sensualidad se dan cita en La flaqueza del bolchevique, un montaje con el que K Producciones ha facturado “teatro de alta tensión”, en palabras de la crítica.

Sinopsis

El protagonista y narrador de esta historia empotra su coche contra el descapotable de una irritante ejecutiva. Ciertamente, él se distrajo un poco, pero ella no tenía por qué frenar en seco ni escupirle todos los insultos del diccionario. Por ello, y para hacer soportables las tardes de aquel bochornoso verano, decide dedicarse ‘al acecho y aniquilación moral de Sonsoles’. Gracias al parte del seguro, consigue su teléfono, y así conoce a su hermana Rosana, una turbadora adolescente.

Aunque no tiene ninguna fijación con las jovencitas, conserva un retrato de las hijas del zar Nicolás II. Le atrae especialmente la duquesa Olga y a menudo se pregunta qué debió sentir el bolchevique encargado de matarla. Sería ésta una obra absolutamente cómica si no fuera por el carácter inquietante que adquiere a medida que se complican las argucias del protagonista.