11º concurso el coloquio

1.-

Cuando nací, mi madre ya llevaba tres años muerta. Mi hermano ya llevaba tres años muerto. Mi primera cuna fue un lecho de hojas secas. Mi primera sábana, una bolsa de basura. Yo sobraba en alguna parte y faltaba en algún otro lugar. No era más que una pieza extraviada que buscaba su propio espacio en el mundo.

 

2.-

Mi padre trabajó durante treinta años en las minas de hierro de Yichun. Nunca pensó en todolo que tenía hasta que una tarde, al emerger de nuevo, ennegrecido y roto, desde el mismísimo corazón de la tierra, descubrió que no tenía nada. Una riada había destruido su casa, había arrastrado a su esposa, había engullido a su hijo. Me lo ha contado decenas de veces, siempre con las mismas palabras. «Permanecí inmóvil, de pie, durante horas, mirando ese hueco de barro y ramas en el que había estado mi vida, y me pareció de pronto, que aquel mismo hueco comenzaba a excavarse en el fondo de mi estómago».

Unas semanas más tarde decidió marcharse a Kunming, la ciudad de la primavera eterna, y allí consiguió trabajo de barrendero. Aquel fue el primero de los tres viajes que han marcado su vida. «Cuando un hombre abre sus alas y se convierte en ave migratoria, ya es ave migratoria para el resto de sus días. Nunca tendrá un hogar en ningún rincón del mundo, y todos los rincones del mundo serán su hogar».

 

3.-

En cuanto entro en casa escucho la voz de mi padre.

-No encuentro el triángulo verde – dice disimulando vagamente un reproche. Después camina hasta llegar a mi lado, me mira como si yo le ocultara algún secreto, se da la media vuelta y vuelve a desaparecer.

Jamás habría llegado a imaginar que iba a ser mi padre el más alterado por la mudanza. Miguel está entusiasmado con su trabajo en la universidad y Luna todavía es demasiado pequeña como para notar el cambio. Mi padre, sin embargo, se pasa el día enfurruñado. No lo entiendo, al fin y al cabo este es su país. Debería estar contento de haber regresado.

Me acerco a la mesa del salón. Dispuestas en el centro, las piezas de su tangram forman la figura de un corredor al que le falta una pierna.

-¿Lo ves? Sin el triángulo verde está incompleto – gimotea.

El ambiente está cargado. Huele a fideos y a té. Me acerco a la ventana y la abro, pero enseguida papá corre hacia mí y la vuelve a cerrar, entonces lo recuerdo: «puedes acostumbrarte a la comida de otro lugar, a la música, al horario. Puedes hacer amigos y aprender el idioma. Pero, hija mía, a lo que nunca te acostumbras es al aire. Cada ciudad tiene un aire diferente. El aire de tu ciudad de origen lo llevas en la piel y no lo puedes cambiar». Solía repetirlo cuando estábamos en España. Ahora también lo repite siempre que puede.

-No soporto el aire de Shanghái – dice. Camina hasta la mesa, echa un vistazo de amante despechado al tangram y lo descompone desmadejando un manotazo sobre la figura del corredor.

sáhara libre

Sáhara libre. FOTO: Carlos Tajuelo Sánchez (1º Premio)

4.-

En mil novecientos ochenta la política del hijo único en China hizo que muchas niñas recién nacidas fueran abandonadas. Una de aquellas niñas fui yo. Si la escoba de mi padre no hubiera tropezado conmigo, probablemente, yo habría muerto. «Os arrojaban como desperdicios en mitad de la calle. No valíais nada. Tú fuiste la quinta niña que encontraba en sólo tres meses. Te tomé entre mis brazos, pensé que no respirabas, y entonces, de pronto, de tu boca surgió un gemido agónico, como de animal marino o de barca que se hunde. Las cuatro niñas anteriores ya estaban muertas cuando las recogí, así que no sabía muy bien qué debía hacer contigo. Pensé en llevarte a un hospital o a la policía, pero en cualquiera de los casos habrías terminado en un orfanato, y aquel no era un destino mucho mejor que el de acabar amortajada en una bolsa de basura en mitad de la calle, de modo que te escondí dentro de mi abrigo y te llevé a mi casa.

En Kunming nadie me conocía. Cuando mis vecinos se alarmaron al escuchar los llantos de un bebé les dije que mi esposa había muerto en el parto y una mujer se ofreció a amamantar a mi hija a cambiode la mitad de la comida que yo lograra rescatar de las papeleras.

Una noche, al dormirte me cogiste un dedo y me pareció que sonreías. Fue entonces cuando decidí llamarte Xi Wang».

 

5.-

La leyenda dice así: en una ocasión un sirviente de un emperador chino tropezó y rompió en siete pedazos un mosaico cuadrado de una cerámica muy cara y delicada que llevaba entre sus manos. Trató de recomponerla de nuevo, pero, desesperado, comprobó que por más que se esforzaba no conseguía devolverle al mosaico su forma original. Sin embargo, y para su sorpresa, se dio cuenta de que, mientras lo intentaba, podía formar muchas otras figuras con los siete pedazos del mosaico.

Así surgió el tangram. Siete piezas, cientos de figuras diferentes.

Cuando mi padre llegó a España en su maleta sólo llevaba consigo su tangram. Su tangram en una mano y yo en la otra.

 

6.-

«Cada noche, al regresar del trabajo, salías a recibirme. Corrías hacia mí y yo te atrapaba entre mis brazos, como la primera vez que te vi, pero aquel día no estabas en las escaleras de nuestra casa. Te busqué por los alrededores. Empecé a preocuparme. Me temí lo peor y le pregunté a la mujer que te había amamantado.

– Está allí, jugando – me dijo.

Te vi junto a un árbol, agachada, de espaldas a mí. Tenías en tu mano un palo y parecías remover algo en la tierra.

Cuando llegué a tu lado vi lo que sucedía. Empujabas con una rama el cuerpo sin vida de una recién nacida. Entonces comencé a temblar. Me dejé caer al suelo, como un edificio en ruinas, y vomité.

Vomité durante varios minutos. Me miraste aterrorizada, como si acabaras de descubrir que el hombre que había de protegerte era incapaz de alejarte de los monstruos.

Cuando me sentí vacío me puse en pie y supe que tenía que marcharme de China.

Tú tenías dos años. Yo casi cincuenta».

 

7.-

Miguel entra en casa con Luna en brazos. Mi padre se lanza hacia ellos, con la desesperación de quien se aferra a un tablón en un naufragio.

-Mi triángulo verde, ¿habéis visto mi triángulo verde?

Nací en Kunming. Mis padres me abandonaron. Me recogió un barrendero. Me adoptó. A los dos años atravesamos medio mundo y llegamos a España. No sé cómo acabamos en Valladolid y no sé cómo logró abrir mi padre el primer restaurante chino de la ciudad. Crecí. Hice de soga entre mi padre y un idioma que apenas entendía. Fui a la universidad. Me enamoré. Mi padre vendió su negocio. Tuve una hija. Perdí mi trabajo. Mi marido consiguió un empleo en Shanghái. Regresamos a China.

Mi vida no es una línea recta, es un mosaico de cerámica que alguien dejó caer al suelo. Sí, soy una pieza extraviada. Nunca lograré tener la vida que debería haber tenido. Nunca sentiré que pertenezco a algún lugar. Nunca podré componer el cuadrado perfecto.

-¿Lo habéis visto? – suplica mi padre – ¿Lo habéis visto?

Miguel se encoge de hombros y busca en mis ojos una explicación al comportamiento de mi padre. Luna mira a su abuelo, sonríe con paciencia infinita, abre su mochila y saca una pieza de madera. La sostiene un instante sobre la palma de su mano, como si fuera un trofeo. Un triángulo verde al que le ha pintado un par de ojos enormes. Por un momento temo que mi padre vaya a estallar, pero al ver la pieza, de repente rompe a reír, la toma de la mano de mi hija, regresa a la mesa del salón, coge un rotulador y añade bajo los ojos unos largos bigotes.

-El tangram es mágico – dice mi padre -, no importa las veces que se rompa, siempre lo puedes volver a reconstruir, y en cada ocasión te revela una figura distinta.

Después revuelve las siete piezas, nos lleva a Miguel, a Luna y a mí hasta la mesa y entre los cuatro las unimos de nuevo.

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur