probarás el vino en mis labiosok

 

Ahora que he regresado a los caminos de África, a la inmensidad polvorienta y reseca de sus geografías infinitas, a la desolación de sus paisajes de sed y hambre, veo de nuevo los ojos espantados de los niños que se arraciman en las plazas para oírme, y las miradas expectantes de los viejos que se acercan para escuchar mis historias, esos relatos que he vuelto a recitar por los pueblos de Malí, por los mismos lugares en los que durante tantos años practiqué mi oficio de griot, de poeta errante, al que ahora he vuelto, después de haber sido expulsado del paraíso del norte, de los espacios del exceso y la opulencia.

Y en mi trasiego de narrador nómada, junto al entusiasmo renovado por regresar otra vez a los versos y a esas historias de los ancestros que tanto interés despiertan siempre en los aldeanos que me escuchan, también arrastro de continuo una nostalgia húmeda anudada en mi alma, la añoranza estremecida de aquella felicidad que soñé junto a Guiomar, cuando vivía en España y creía que mi futuro en aquellas tierras era tan largo como los horizontes que allí cada tarde veía encenderse con relumbres cobrizos. Aunque ahora sólo siento los escozores en la herida de ese recuerdo, como si el sudor y el polvo de los caminos la avivaran y mantuvieran siempre en carne viva.

Guiomar era enóloga y la encargada de la bodega, además de la hija del dueño de la finca donde trabajaba, un lugar tierra adentro, junto al Tajo, y donde los cielos siempre son altos y los atardeceres adquieren el mismo color que el de la tierra roja, o el de las cepas cuando se cubren con el oro viejo del otoño. A veces ella visitaba la viña, o recorría la inmensa cueva repleta de enormes barricas y máquinas embotelladoras, y, en ocasiones, se acercaba a mí, para hablarme de la cosecha de ese año, de los sabores y las calidades de aquel vino que ella criaba con sabiduría de bodeguera avezada y paciente.

Algunos días, al final de la jornada, me buscaba para recorrer juntos los campos, y andábamos hasta el pueblo, donde se erguía la torre con un nido que, al intuirse la primavera, habitaban las cigüeñas. Y entonces yo le contaba algunas historias de cigüeñas y de viajes que tenía en mi repertorio de griot, y le decía que aquéllas de Melque, junto a otras muchas, hibernan cada año en mi país, en Malí, en las charcas del río Bani, y luego, cuando la primavera ya apunta en los campos, vuelan a sus nidos de nuevo, como aquél que aquella tarde tibia y de cielos bermellones estábamos observando juntos.

expreso del sur Verdad dando a luz

‘Verdad dando a luz’. FOTO: José Francisco Cabello Gómez (1º premio)

Y también, algunos atardeceres, paseábamos por la viña dorada, apenas iluminada por las brasas ya tibias de un crepúsculo aún incandescente, y entonces Guiomar me hablaba del vino, y yo la escuchaba, y luego le recordaba mis creencias musulmanas, mi fe y mi compromiso con el Corán y la prohibición de beber vino. Pero ella insistía en que probara sus caldos de la tierra, y una noche no me resistí a sus propuestas, y, en la penumbra de la bodega, probé el sabor embriagador de su vino y de sus labios.

Sólo disfruté durante unos días de la ilusión de aquel amor imposible, porque su padre, poderoso y despiadado, enseguida supo de nuestra relación clandestina, y por ello muy pronto sufrí las consecuencias del desprecio y el despido, y luego las denuncias por carecer de los papeles necesarios para continuar en España, y finalmente la expulsión, fulminante, injusta y vengativa.

Por eso he regresado a mi país, a mi tierra, y he decidido ejercer de nuevo mi oficio de narrador errante, para rememorar los mitos y las historias de nuestros antepasados. Porque aquí, en estas tierras africanas, a los griots, juglares de los caminos, nos escuchan y nos respetan, pues somos los portadores de la palabra, y las gentes de estos lugares a quien tiene algo que contar siempre le ofrecen agua y una silla, y luego la atención y el silencio; ese silencio que en África, sin necesidad del ruido de las palabras, a veces es portador de la más perfecta de las comunicaciones.

Un silencio expectante que se impone en las plazas de los pueblos, junto a los bulliciosos mercados, cuando, en medio de un grupo ávido por conocer relatos del pasado, empiezo a narrar la historia que me inventé de aquel musulmán que, en las lejanas tierras de Al-Andalus, cuando el Islam aún se extendía por aquellos parajes del norte, se enamoró de una cristiana mozárabe.

Les cuento que aquel hombre había ido al sitio de Melque, dominado y ocupado entonces por una poderosa familia mozárabe, para dar cuenta a su rey de los trabajos que aquellos cristianos realizaban en las viñas y comprobar si era cierto que tenían bodegas ocultas y clandestinas donde fermentaban la uva y hacían el vino que el Corán prohibía.

Y después, adoptando la primera persona, y metiéndome en la piel de aquel funcionario del rey musulmán de Toledo, siendo ya él, continúo con la narración:

Pero una tarde, cobijados en la cueva donde fermentan el silencio y las uvas, supe al fin que en el vino está la verdad, y probé el cálido aliento embriagador de sus caldos y sus besos.

Aprovechamos las primeras oscuridades para encontrarnos en la penumbra subterránea de las antorchas, en aquel refugio donde ella guardaba las uvas que se licuaban a escondidas. Afuera el cielo ya estaba crecido y la luna lo desteñía con jirones de plata.

Me había mandado mi rey musulmán un mes antes a Melque, a comprobar que aquellas viñas eran sólo para uvas pasas y mosto, y no se contravenían los preceptos del Islam. Pero me encontré con ella, con la hija del dueño, quien se encargaba de su cuidado y producción. Y cuando me acostumbré a la compañía de aquellos ojos de cielo abierto y a la proximidad de sus labios encendidos de bermellón y crepúsculos, no hubo lealtades, ni leyes, ni preceptos que pudieran evitar la pasión que brotó en mí con la misma fuerza con que surge la vida en los oasis ardientes de soles y ríos, como crecen las granadas cada otoño y se preñan del jugo dulce de sus perlas carmesíes. Y cada vez que hablaba con ella, para interrogarla sobre aquellas actividades clandestinas, y que me dijera dónde escondían el vino, me daba cuenta de que sus ojos azulísimos se llenaban de relumbres y humedades, mostrándome así todo el amor que también crecía en su pecho y le rebosaba por sus pupilas de cielo y agua. Por eso olvidé el mandato de mi rey, y dejé que la dulzura de aquella pasión prohibida, como una niebla tibia y embriagadora, me penetrara hasta los abismos del alma.

Recorrí con ella aquellos campos, desde donde veíamos el nido de las cigüeñas, y entonces yo le contaba que aquellas aves pasan el invierno en las lejanas tierras africanas que se extienden más allá del desierto, junto a las charcas de los ríos, y luego, con los primeros brotes de la primavera, regresan a su nido de Melque.

Y en los atardeceres también recorríamos las viñas doradas, ya vendimiadas y cubiertas durante aquellos días por los brillos ocres del otoño, y trataba de convencerla sobre las ventajas de degustar sólo las uvas y las pasas, la dulzura del mosto sin fermentar, y de que era innecesario ir contra las leyes divinas. Pero ella me miraba y alargaba su sonrisa ancha, mientras me explicaba que en el vino se concentran las esencias y los aromas de la tierra, las fragancias que en el aire dejan los días de sol y las noches alumbradas con plenilunios, los olores y sabores de las lluvias y las brisas que penetran o lamen los campos con el ritmo de los astros y de las estaciones. «El vino riega la vida, la entibia y humedece, para que crezca hacia los demás generosa y feraz», me decía ella, mientras recorríamos aquellas tierras donde, en el horizonte, algunas tardes sus cielos adquieren el mismo color que el de las viñas cuando se tiñen de otoño.

«Además, in vino veritas. Por eso algún día probarás el vino en mis labios», me dijo una tarde, cuando los dos ya sabíamos que acabaríamos saciándonos de vino y de besos. Como hicimos aquella noche, en el refugio de la penumbra donde fermentaban el silencio y el mosto.

Sabíamos que quizás sólo fuera esa noche la que nos permitiría el destino para probar el sabor de los labios mojados de vino. Su propio padre me había acusado ante el rey de comportamiento desleal. Por eso me capturaron ese mismo amanecer, cuando salíamos de nuestro refugio con el recuerdo de los besos recientes, ya inoculado para siempre en la memoria y en los hondones de las entrañas.

El castigo me lo impusieron aquel mismo día, delante de ella: el exilio para siempre a las lejanas tierras de África, más allá del desierto.

Y ahora, vagando por las aldeas que se levantan junto al río Bani, la llevo siempre en mi memoria, y deseo que acabe pronto el invierno, para que las cigüeñas que impregnan del color de la nieve estas charcas vuelen de nuevo a sus nidos del norte y le lleven a ella mi recuerdo, para que rememore el sabor del vino en mis labios y la verdad de mi amor eterno.