Desde el otro lado del océano más transitado todos tenemos una palabra de desánimo, un miedo ultra expresado, una predicción apocalíptica sobre lo que ha hecho el pueblo americano eligiendo al magnate mediático como líder de su democracia.
Estados Unidos, un país que ha renunciado a hacer historia otorgando el máximo poder a una mujer por primera vez tras la experiencia de haber sido gobernados por un representante de una raza que aún sufre una latente exclusión social. Clinton, esa mujer odiada hasta el extremo de perder unos comicios en los que cualquier otro hubiera arrasado, y sólo por el desmedido demérito de su rival, o al menos eso pensábamos desde esta distancia.

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Caricaturas de Hillary Clinton y Donald Trum

Hoy nos damos cuenta que quizás que gobierne Trump no sea el apocalipsis que nos hicieron ver, incluso Clinton, (que decía inmolarse si esto sucedía), ofrece sus servicios y ayuda al nuevo presidente de su nación.

Donald Trump está a la altura de otros lifers que antes ya han gobernado en otros lugares, el ejemplo más similar es el italiano Berlusconi. De hecho, durante el mandato de Silvio y a pesar de su moral algo más que distraída, el país no se hundió ni se provocó la tercera guerra mundial, pues por suerte gobiernan en sistemas que tienen amplios controles que amparan un mínimo de coherencia institucional y gubernamental.

Por suerte un país como el americano posee un sistema consolidado en el que a pesar de las grandes prerrogativas y competencias presidenciales, suele ser el equipo presidencial y, sobre todo, sus órganos parlamentarios (Congreso y Senado), quienes toman las grandes decisiones y hacen la política real del país más poderoso del mundo.

En los EEUU el carácter de la persona que gobierna no suele definir las políticas, por suerte.