A cuarenta años vista y siendo conscientes de que nuestras propias vidas dependen de la gestión de los recursos que hagamos en los próximos años, parecemos dotados de una inconsciencia patológica en cuanto a la gestión de nuestro propio planeta se refiere.

Se habla de que en 2050 la población mundial pueda llegar a los 9 mil millones de humanos, lo cual puede definirse tranquilamente como “colonización” o, más bien,  infección. Este ingente crecimiento asusta al propio planeta, pues si con dos mil millones menos de humanos ya existen desigualdades que dividen vergonzosamente nuestra raza entre empachados y hambrientos, es difícil de imaginar el caos que puede ser un aumento tan exponencial de la población.

La imprudente gestión de los recursos naturales terrestres por el ser humano ha sido una constante durante la evolución nociva que el hombre ha tenido en los últimos cien años. Parecemos instalados en un constante “carpe diem” en el que nos ha dejado de importar el planeta que van a heredar nuestros hijos o la viabilidad o no de la vida en un futuro cada vez más próximo. La inconsciencia humana enturbia las bondades que se otorgan a la razón como rasgo definitorio humano.

En este absurdo primer mundo molestan las imágenes lejanas de niños malnutridos que se nos acumulan en las retinas de unos cuerpos saciados de alimentos cuyos desperdicios podrían saciar a millones que fallecen implorándolos. En la pirámide de Maslow, unos pocos nacen con tres de los peldaños bajo sus pies y cada vez más mueren intentando alcanzar el primero.

Merecemos la extinción o al menos que el planeta se defienda de su infección antes de que acabemos con él.

El humano es el único animal que vive dando la espalda a lo que le permite vivir.

PABLO CAMBRONERO

Licenciado en Derecho que trabaja en el ámbito policial. Mi afición desde los siete años es escribir sobre cualquier tema que me ronde. Colaborador de Expreso del Sur.