Desde siempre consideré a Schopenhauer un tipo nefasto, no solo por sus afirmaciones filosóficas, sino por su influencia negativa en otros filósofos posteriores con los que ha hecho bastante daño al pensamiento, y de rechazo, a la vida de muchas personas.

Sin embargo, como desde hace ya bastante tiempo estoy convencido de que en este mundo no hay ni buenos ni malos, sino en todo caso unos más equivocados que otros, y todos menos equivocados de lo que a simple vista puede parecer, he leído algo más sobre la vida y algunas obras no muy conocidas del filósofo alemán, y me he podido dar cuenta de que a Schopenhauer hay que entenderlo desde el único lugar en donde puede entenderse a todas las personas, esto es, desde la caridad, desde el amor, desde el intento de comprender a los demás poniéndose en su lugar, y desde la aceptación de los demás como son, no como desearíamos que fueran, y teniendo en cuenta que en el fondo de cada persona, aunque nuestra naturaleza haya quedado dañada como consecuencia del pecado original, hay un fondo bueno porque somos hijos de Dios.

expreso-del-sur-schopenhauer¿De quién he aprendido esto? Pues de la madre de Schopenhauer, que era la única que le entendía de verdad porque era la única que le quería de verdad. Esto se ve en la colección de cartas que se escribían madre e hijo cuando este estaba en plena juventud y ella temía por su hijo, por su carácter, por su enfermedad psíquica, por su profundo pesimismo, por su misántropía, por su ateísmo formal y declarado.

Quizá otro le habría despreciado, pero su madre, nunca. Quizá su madre no le pudo dar el tratamiento psícológico, de hábitos saludables o de habilidades sociales que un buen equipo de expertos actual le daría, pero le dió algo que quizá hoy día se olvida con frecuencia: cariño. Quizá ese cariño le sirvió interiormente mucho más de lo que los  biógrafos posteriores de Schopenhauer hayan podido imaginar, ya que a nadie nos es dado penetrar en el corazón humano y ver qué hay ahí.

Hace algo más de dos años conocí a un individuo, y no se cómo, al cabo de unos 20 minutos de conversación en los que, quizá advirtió que podía hacerme alguna confidencia personal, me dijo que se quería morir. Que no creía en Dios ya me lo había dicho unos minutos antes. Ahora me decía que se quería morir porque no encontraba el más mínimo sentido a la vida. Incluso me llegó a decir algo original: Que no quería solo que lo incineraran en cuanto al cuerpo, sino que le incineraran también el alma porque estaba tan asqueado de esta vida que no quería que sobreviviera de él absolutamente nada, pues lo que quería era desaparecer por completo, sin dejar el más mínimo rastro, ni siquiera el alma.

No recuerdo si le di alguna razón filosófica por la que esa pretensión es metafísicamente muy improbable y desde el punto de vista de la fe, imposible. Realmente, en ese momento no valía la pena enzarzarse en una conversación así. Pero sí hice lo que la madre de Schopenhauer, aunque sin conocer ese aspecto de la biografía del filósofo: hicimos amistad, procuré comprenderle, ponerme a su lado. Y tener paciencia.

Desde entonces, nos hemos visto bastantes veces. Tengo que reconocer que no he podido solucionar sus problemas, entre otras cosas porque no está en mi mano, porque no he tenido posibilidad de ello. Pero hemos hecho amistad. Tampoco he conseguido que se le aparezca el Espíritu Santo: sigue siendo ateo, aunque ahora lleva en su agenda la oración de Santa Teresa “Nada te turbe, nada te espante”, y según me dice, aunque no la reza todos los días, por lo menos le echa una mirada al papel donde está escrita.

Según dice la Sagrada Escritura, el Mesías no apagará el pabilo humeante ni romperá el junco que se dobla. Ese es el camino, el que siguió la madre de Schopenhauer, o la de san Agustín, o todas las madres.

Quiere a los demás como les querrían sus madres, y no permitas que nadie te diga que es tu madre o tu padre, pues nadie te ha querido ni te querrá como ellos.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.