Al igual que el romanticismo devino en san Valentín y los amantes olvidaron el regusto amargo de la pólvora en el paladar y la estética del suicido para expresar con rosas, bombones y bisutería la desesperación producida por el amor y sus derivados, el patriotismo evoluciona a una suerte de híbrido paisajístico financiero avalado por las divisas, el mercado de valores y un sinfín de conceptos de marketing que –maliciosamente empleados– han enraizado en las mientes del ciudadano erradicando el ideario democrático. Desde el inicio de la crisis –aunque de manera paulatina y sosegada–, los adalides de la comunicación de masas han introducido conceptos tan familiares como prima de riesgo, marca España, reestructuración financiera o reducción del coste salarial unitario (por citar solo algunos) para contextualizar el cambio de modelo económico y social gestado en la matriz de esta depresión económica que ya forma parte del ADN nacional. La inclusión de la terminología específica del mercado en aspectos de la soberanía nacional es una estrategia más para la construcción de un imaginario propicio a la privatización y a la destrucción sistemática del espacio público.patriotismo

Este campo semántico permite cualquier neologismo o flato verbal de los líderes políticos, a quienes la caterva de asesores (primas, cuñados y colegas de quitaipón) aconsejan rayos y retruécanos para las ruedas de prensa y los mítines. El conglomerado de centro izquierda alude a términos con cierto regusto hippie mientras que la caterva derechona invoca vehemente un concepto que, pese al tufillo requeté del partido, está por encima de dios, la patria y el rey: la omnipresente rentabilidad. Los defensores de la unidad territorial de España –con acento en la p– son quienes asumen en nombre de la ciudadanía los rescates financieros, permiten la deslocalización de las empresas y la tributación de los holdings transnacionales en paraísos fiscales. Persiguen a los enemigos del estado dentro de las fronteras, pero fuera de ellas aceptan con sumisión las condiciones de organismos supranacionales que –como el FMI– no mantienen estructuras democráticas. Desde la maraña de centro izquierda se promueven despidos para lucrarse con los beneficios y se modifica la constitución para ceñir el gasto público a los umbrales de rentabilidad determinados por la economía, facilitando las labores de podado y recorte de las instituciones porque, ya se sabe, la crisis no perdona y de dónde no hay no se puede sacar.

El barullo léxico alcanza el paroxismo ante los casos de corrupción generalizados. Los palabros jurídicos se entrelazan como poesías dadaístas para justificar cobros, pagos, viajes y cocaína, aludiendo a tan intrincados vericuetos del derecho que resulta verdaderamente complicado entender cómo las penas de los políticos son tan escasas y de mal gusto, conmutadas por razones que los filósofos aún debaten en foros de internet. Luego aparecen los medios de comunicación para acomodar la realidad a la estructura del derbi futbolístico. Se conoce que el español es, ante todo, hincha de algo, y como todo hincha se resigna ante la mala actuación de su equipo, excluyendo el resto de insignias y colores, lo cual, extrapolado al mundo de la política, repercute en una permisividad lacerante y en la defensa casi delirante de las cualidades del combinado favorito. Así, si el político de un español cualquiera es el máximo goleador de la temporada –entendiendo que el gobernante golea a toda la ciudadanía y por ende también a su afición– el líder del equipo contrario será, inexorablemente, de peor calaña, en unas ocasiones por el montante goleado y en otras por las formas, que en esto de la gestión pública también cuentan mucho. Los hinchas asumen los tecnicismos de la materia y argumentan las jugadas empleando una jerga infernal, vocean estrategias propias y terminan a golpes en el bar sin saber muy bien por qué, aunque felices por la defensa de un inventario de ideas y teorías sustantivadas que han ido deglutiendo a fuerza de muchos derbis y algún partido amistoso.