Allá por el año 1957 en Roma, un grupo de países firmaban un tratado por el cual se creaba una institución, Comunidad Económica Europea, un embrión que a lo largo de los ya 60 años de historia se ha convertido en una colosal supraestructura; eso sí, dormida, ¿a sabiendas o cansada fruto del desgaste de tantos años?

Como escudo de protección contra la barbarie de la Segunda Guerra Mundial y como forma de integración que promoviera la reconciliación entre países y personas, esta Comunidad tenía como objetivo la eliminación de barreras económicas, política, sociales y culturales. Y el objetivo fue logrado con creces y mejorado con cada Tratado firmado hasta llegar a la actualidad con un nuevo apelativo, desarrollando unos sistemas jurídicos y políticos, tan complejos como necesarios para llevar a cabo la unificación política y con otros objetivos y desavenencias, proporcionales al conglomerado de instituciones, problemas y cuestiones, sin respuesta, de la formación europea.

La Unión Europea actual ha ayudado, bajo el lema “Unidad dentro de la diversidad”, a lograr la tan ansiada prosperidad, crecimiento, estabilidad, movilidad, respeto a los derechos humanos e igualdad bajo la implantación del Estado de Derecho y de Bienestar, tan demandados como necesarios, para la contribución a la reconciliación, democracia y paz en Europa.

Sin embargo, no hay que perder de vista que el principal objetivo de la formación de la CEE no fue otro que económico: la voluntad de los dirigentes políticos y económicos de los principales países de Europa Occidental de recuperar y expandir los mercados alterados por la guerra y racionalizar sus economías. Con la Unión Europea se crea una moneda única, un mercado común que permite la libre circulación de mercancías, personas y capitales, así como unas renovadas instituciones que los controlen.

Si bien, la bandera de la prosperidad, el póster de la integración y el aseguramiento de la paz son una gran máscara socio-política bajo un trasfondo económico-político: la UE centraliza y absorbe la política económica de los ámbitos interno y externo monetario; controla y exige el cumplimiento estricto de sus normas para la política fiscal y de competencia y establece normas ‘orientativas’, pero de gran influencia, para otras políticas como la social y regional. No hay de qué sorprenderse, la UE es una máquina de control financiero y económico creada para ello.

Ahora bien, lo que comenzó como una unión económica ha evolucionado hasta convertirse en una organización activa en todos los ámbitos. Y, como en todos los ámbitos, surgen problemas y cuestiones controvertidas que ponen en duda la capacidad, e intención, de la UE para resolverlos con tanta rapidez y diligencia como lo hace para la resolución de los problemas económicos, bien por falta de previsión de futuras crisis, bien por la falta de mecanismos para resolverlos.

Crecimiento y estabilidad, unidad dentro de la diversidad, libertad y dignidad, ayuda, cooperación e integración, han pasado a ser cuestionados debido al retroceso e incertidumbre de la economía, al auge de nacionalismos y populismos, al sometimiento de los países al exigente control económico y fiscal y a los prejuicios e indefensión sobre determinados colectivos.

La crisis económica ha dejado una gran marca no sólo en la Unión Europea y los Estados miembros, sino también en los ciudadanos. El euro está más que cuestionado y las diferencias económicas son a día de hoy cada vez más palpables. El paro, por mucho crecimiento económico que se prometa, sigue ahí; y la política fiscal es una soga, asfixiante, para la economía de los Estados.

A la crisis económica, hay que sumarle una crisis política y social que ha provocado al auge de los nacionalismos, bajo un cartel propagandístico populista. El miedo a la pérdida de empleo y la desconfianza en los líderes políticos ha dado lugar a un oscurecimiento de valores, ayudado por los cantos de sirena populistas, siendo símbolo de esta ruptura, económica, política y social, el Brexit. La unidad dentro de la diversidad, se resquebraja.

Y no menos importante es la crisis migratoria. La crisis de refugiados, la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, necesita de una respuesta europea inminente. Convendría realizar una mirada al pasado para reeducar y concienciar a la ciudadanía europea de que gran parte de sus familiares también fueron refugiados. Mientras tanto se le da la espalda a cientos de familias indefensas y víctimas de una migración forzada como consecuencia de los conflictos armados, pobreza y violaciones de los derechos humanos. Y todo este bucle de crisis se cierra, con una cuestión igual de importante, el terrorismo islámico y, como repercusión inmediata, la islamofobia. De la respuesta de la Unión Europea a este problema, dependerá la radicalización tanto de las derechas extremistas como de los extremistas islamistas.

Muchos son los frentes abiertos que tiene la cumpleañera Unión Europea como para pararse a celebraciones. No queda en entredicho que fue, es y será el mayor impulso dado por una unión de países para poner fin a un período de guerras devastadoras. PROSPERIDAD, INTEGRACIÓN Y PAZ son los pilares, y son los mismos países que se sentaron un 25 de marzo de 1957 (Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos) los que ponen en duda y hacen que tiemblen estos pilares de esta supraestructura, desgastada y cansada, no sé si por los años o por no saber poner solución a los problemas que atraviesa actualmente.