Me suena a chufla esa exclamación en tono martirial de más de un sufrido ciudadano de este país en el que antes había gobierno, que cuando estábamos en esa circunstancia no hacía otra cosa que arremeter contra quienes nos dirigían y ahora hace rogativas para pedir que, por favor, cese de una vez esa situación insufrible de no tener gobierno, como si tener gobierno fuera poco más o menos que tener a papá Noel haciéndonos regalitos constantemente.

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Congreso de los Diputados, durante la investidura fallida de Pedro Sánchez en la anterior legislatura.

Quizá sea cierto que en este país infantiloide en el que todo el mundo quiere que sea el paternal Estado quien le saque las castañas del fuego, la ausencia de gobierno sea una tragedia. Desde el pensamiento liberal podemos demostrar a los demás que el gobierno sirve para poco cuando vemos que el país sale adelante sin los perroflautas del sillón azul.

Pero por encima de estas consideraciones ideológicas me quiero fijar en un aspecto interesante. La circunstancia de un gobierno en funciones supone la limitación del campo de acción de este respecto de lo que sería el de un gobierno en plenitud de sus competencias. Esta limitación supone que muchas actuaciones no se pueden llevar a cabo por falta de competencias plenas, lo que conlleva una contracción del gasto y la inversión, lo que significa lisa y llanamente una idea clara: AHORRO. El actual gobierno en funciones está forzado a ahorrar, quiera o no quiera, lo cual no haría si estuviera en plenitud de competencias.

Este tiempo sin gobierno se traduce, entre otras cosas, en ahorro, en que muchos gastos estúpidos que un gobierno normal habría llevado a cabo sin que nadie chistara, ahora no se hacen, sino que el dinero se queda en la talega.

Ahorrar es precisamente lo que desde hace mucho tiempo tendría que hacer este país, no gastarse la pasta en tonterías, pagar la deuda pública, ganar en liquidez, evitar gastos suntuarios, frenar el coladero por donde se van montones de dineros inútiles.

Aunque no conozco bien los entresijos del Estado, intuyo que muy bien nos está viniendo, en los casi diez meses que llevamos sin gobierno, este ahorro forzado, además de la demostración palmaria de lo prescindibles que son los políticos de mierda de este país. Si yo fuera Rajoy, Sánchez, Rivera o Iglesias y viera que, a pesar de mi ausencia en puestos de gobierno el país va exactamente igual o mejor que con mi presencia, se me caería la cara de vergüenza y abandonaría la política, más todavía cuando en estos diez meses ninguno de estos cuatro señoritos ha aportado ni una sola idea que valga la pena, lo que hace de las posturas numantinas de cada uno un monumento al cerrilismo y a la ineficacia.

Sin embargo, dado que no hay mal que por bien no venga, ese cerrilismo que según otros aboca a la desgracia de no tener a esos patanes gobernándonos, de rebote nos hace ser un país de ahorradores de modo que ese ahorro podría ayudar a resolver problemas que, con gobierno, serían irresolubles, lo que demuestra que los políticos son el problema

Me decía un amigo sacerdote que le respondía a otro, también sacerdote, que andaba dándole monsergas adobadas de moralina: “Por favor, Fulano, no me salves, que ya tengo bastante con Jesucristo y conmigo mismo”. Lo mismo les diría yo a estos capitidisminuidos que ven figuras redentoras en Rajoy, Sánchez, Rivera o Iglesias.

El problema de este país no es que Iglesias se defina ahora como socialdemócrata, o que Rivera, Sánchez o Rajoy lo sean sin decirlo explícitamente. El problema es que una gran cantidad de españoles se creen la mentira de la socialdemocracia, de ese mesianismo del Estado encarnado en unos desgarramantas que no solo se presentan como salvadores, sino que aparecen como tales ante no pocos españoles que sufren depresiones exógenas de la pena que les da no tener un gobierno que les cambie los pañales cuando lo precisen.

De todas formas, aparte de lo dicho anteriormente, me parece detectar que esos pobrecitos y desconsolados ciudadanos, huérfanos de gobierno, que tanto sufren, cada vez van siendo menos, y su número se ve superado día a día por los que pasan ya totalmente de política, y sobre todo por los practicantes del sillón-ball, cerveza en mano y olimpiadas delante, en el televisor. Este es nuestro país.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.