Somos la generación de la desgana, de la falta de pasión, la que no tiene ni usa símbolos, la desorientada, la que huye a la mínima, la que no soporta ninguna afrenta, la tutelada, la incapaz…

Esta incapacidad para la lucha por la supervivencia se muestra también en la entidad de la popularidad de la simbología que se usa por los movimientos políticos e identitarios.

Que las instituciones catalanas permitan y promuevan la presencia de una bandera inventada como símbolo de un movimiento cuyo único y exclusivo atractivo sea la ruptura del orden establecido y el fomento de un odio injustificado e injustificable sorprende, pero aún sorprende más que haya tantas personas (incluso inteligentes), que lo sigan y veneren como si representara a una deidad paradisíaca.

Jóvenes y no tan jóvenes se reúnen y rinden pleitesía a una bandera sin que exista otra que goce de la legitimidad moral (que sí la legal), para plantar cara con argumentos a la anterior. La cuasicontinuidad en los símbolos nacionales traídos del franquismo puede ser una de las razones que han aprovechado los avispados secesionistas para influir en los débiles de ideología y espíritu para conseguir siervos fieles a su causa a través de una simbología cuasi militar que usa el victimismo como nexo de unión y germen de revolución.

Las conversaciones con una catalana atípica abren mis ojos y se agudiza mi sentido de la empatía ante alguien que dice que le han “jodido un monumento” por el mero hecho de colocarle ese trapo arriba, alguien que tiene frente a su casa colgadas de los balcones banderas que se han creado con el único propósito de separar lo que ya está indisolublemente unido. Pero tampoco la bandera legal le provoca ningún sentimiento de pertenencia, de sus palabras se desprende una indiferencia hacia la bandera del país del que dice ser nacional, y es que “la ve facha”, y me consta que ni es la única ni su afirmación es frívola. Ambos hemos llegado a comparar la bandera nazi con la estelada, al menos en lo que simbolizaba aquella en su etapa inicial, y ello se debe a su carácter provocador y de exaltación nacional extrema que une a los que desean la independencia que les venden pero excluye al resto de catalanes, tratándoles incluso de enemigos de su nación.

Casi inmediatamente buscamos una explicación plausible a la descorazonadora comparativa de la sensación de orgullo patrio entre Estadounidenses y la de indiferencia o hasta rechazo de los Españoles.  Varios motivos se nos vienen a la cabeza.

EEUU es una nación muy joven, formada por muchos y dispares estados cuasi independientes que mantienen un brutal sometimiento moral e institucional a un concepto identitario nacional simbolizado en una bandera que prácticamente nunca ha sido cuestionada. Muchos piensan que la simbología inclusiva que otorgan las estrellas-estado a la bandera estadounidense crea un sentimiento de permanencia representado en un símbolo militar que multiplica la cohesión para la defensa ante agresores, reales o inventados  (los secesionistas catalanes han usado dicho símbolo para intentar lograr esa cohesión contra el tirano opresor estado español). Nos sorprende y al mismo tiempo indigna ver cuando los himnos suenan, de uno surge el respeto y veneración más profundo y del otro un manifiesto rechazo sectorizado. Hasta la falta de letra del himno ayuda a su impopularidad, a nuestro entender.

Admitimos sentir emoción cuando el himno viene enmarcado en las victorias deportivas internacionales de algunos cracks como Alonso, Nadal, Márquez, Contador y otros atletas, pero no sentir absolutamente nada cuando suena en otras circunstancias, y ello no implica una crisis de identidad nacional, pues creo que no me equivoco cuando afirmo que ambos nos sentimos ciudadanos de un país llamado España simbolizado por sus culturas y gentes, pero no por sus símbolos oficiales.

Llegamos a una conclusión: quizás sea la propia idiosincrasia inidentitaria de nuestra sociedad, tal vez la desgana general de las nuevas generaciones, pero es evidente que los símbolos suelen hacerse más fuertes cuanto mayor es la frustración que prometen solucionar.

PABLO CAMBRONERO & SILVIA BORDERÍAS

Licenciado en derecho y Licenciada en Humanidades. Sevilla/San Cugat del Vallés/Madrid.