Este texto empecé a redactarlo mentalmente el sábado. Justo después de hacerse público el acuerdo de Junts pel Sí y la CUP para empaquetar a Mas. Mientras las redes sociales hervían comentando la jugada, una buena amiga vino a decirme que visto que en Cataluña habría un gobierno descaradamente independentista, se necesitaba en España un gobierno fuerte y solvente anti secesionistas. Dicho así, no pude negarlo: por supuesto que necesitamos un gobierno estable anti separatistas.

Sin embargo, pronto caí en la cuenta que aquella afirmación encerraba un nuevo sacrificio para los españoles. Para pararle los pies a los catalanes, a los independentistas se entiende, los españoles debemos ponernos en manos de un gobierno de principios centralistas impertérritos. Ante el desafío catalán, más España, más unidad, más Constitución y más política de oídos sordos.

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Desde el sábado no he parado de oír ese comentario. Algunos amigos me han reconocido que pese a no votar al PP en las elecciones del 20D, ahora en este escenario entienden que la mejor opción para España es que Rajoy mantenga las llaves de La Moncloa. Ninguno de ellos comparte la política de recortes y austeridad practicada por el PP ni la merma de derechos civiles de la legislatura pasada y aun así anteponen a sus ganas de cambio, el temor por la escalada secesionista catalana. Por descontado, muchos dirigentes, sobre todo los populares, se apuntan a esta tesis.

Y ese pensamiento me quema, me rebela. Lo reconozco.  Me fastidia que por salvar el culo a España, millones de españoles demoren sus deseos de disponer de gobernantes con prioridades diferentes. “Las políticas anti recortes y pro derechos deben esperar, estamos uniendo España”, vienen a decirnos.

Reivindico la figura de ese español para el que las fronteras es una cuestión de cuarto o quinto orden en importancia. Por utilizar el lenguaje instalado en el debate político, mi línea roja no pasa cerca, ni mucho menos, de Cataluña. Quiero un país leal con sus ciudadanos, infranqueable en la defensa del bienestar social y protector de los derechos de los trabajadores. Esa es la nación donde quiero vivir, con o sin Cataluña y estemos aquí los que estemos.

Con los 7,5 millones de catalanes no estoy más unido que con el resto de españoles ni menos que con los habitantes de otras regiones europeas. Tengo familiares y algunas amistades trabajando en Cataluña, en nada cambiará mi relación con ellos vivan en España o en la República Catalana. A todos ellos les deseo lo mejor, exactamente igual que a mi familia de Castellón o mi amigo Antoñín que emigró a Chile, por poner varios ejemplos.

Mis preocupaciones diarias están en los colegios donde estudian nuestros hijos, en los hospitales a los que acudimos en busca de remedio ante enfermedades, en las prestaciones que el sistema público me brinda cuando pierdo un empleo o en los derechos que me asisten frente a medidas abusivas de bancos, empresarios o gobernantes. Estas son las cosas que realmente me inquietan, a mí y estoy seguro que a millones de españoles. Comprendo, sinceramente, que el proceso catalán se viva con pasión de Tarragona hacia el norte; pero entiendan que otros muchos ciudadanos contemplen este episodio con absoluta indiferencia.

Miren, los españoles que no somos catalanes también existimos. Sufrimos y tenemos nuestros problemas e inquietudes. Las pasadas elecciones fuimos a votar buscando, cada uno con su opción, el gobierno que mejor nos ayude en esas preocupaciones del día a día, y así me gustaría que sucediese: que el debate poselectoral abierto entre partidos se materialice en el gobierno que más llevadero nos haga el paso por este mundo. No quiero el gobierno que mejor nos proteja de los catalanes, simplemente quiero el gobierno que mejor nos proteja. Así, a secas, sin catalanes.