La posible caída de Abengoa provoca la inquietud de numerosos integrantes de linajes de alta alcurnia de Sevilla que ven peligrar su principal fuente de ingresos.

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El barco a la  deriva de la firma Abengoa parece precipitarse a un posible drama con final insospechado para la burguesía industrial sevillana y algunas de las familias de la alta sociedad de la capital hispalense. Hay algunas familias entroncadas bajo el mismo signo desde hace más de 75 años, tiempo que hace que nació Abengoa. Los miembros de la sociedad Inversión Corporativa, que controla la empresa con el 57% del capital, son descendientes de los fundadores de la sociedad, a la que bautizaron con sus apellidos: Abaurre, Benjumea, Gallego y Ortueta.  Después se unieron, vía matrimonial y por otras razones más, linajes importantes como los Solís y los Aya, todos ellos han estado representadas en el consejo de administración de la hasta hace poco admirada empresa.

Más de un centenar de familiares entrecruzados de tres generaciones  integrantes de las familias de la alta sociedad  sevillana se aglutinan en torno a Abengoa. La familia  Benjumea, cuya segunda generación son 13 hermanos,  entre ellos 11 mujeres, posee el mayor paquete accionarial. Gran parte de sus ingresos procede de los dividendos de una empresa que vivió su mayor auge en 2009 cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, citó a Abengoa como ejemplo, además de los cientos de contratos internacionales y cierto afán de notoriedad, superioridad y triunfo continuo. Ingredientes estos últimos que a posteriori, han sido su perdición, reducido su valor a menos de 400 millones de euros en las últimas semanas.

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Benjumea, héroe y villano

Los inicios de la firma sevillana se remontan a los primeros años de la dictadura franquista con el objeto de fabricar contadores monofásicos de cinco amperios en el barrio de Heliópolis. Con una trayectoria siempre al alza Abengoa se ha convertido en una multinacional tecnológica de referencia mundial, con presencia en 80 países y cerca de 29.000 empleados, de los que 6.800 están en España.

El hoy tan criticado expresidente de Abengoa  Felipe Benjumea es tan responsable del éxito como del fracaso, creyendo como opción principal de negocio en las nuevas tecnologías aplicadas a la energía y la expansión por todo el planeta. Pero Benjumea ha sido víctima de su obsesión por crecer y no rectificar, cumpliendo el perfil a la perfección del llamado síndrome de los costes hundidos de Daniel Kahneman,

De nada sirve a esta altura del partido la proximidad de Abengoa al poder político. Felipe Benjumea heredó de su padre, Javier Benjumea Puigcerver, la capacidad para acercarse al poder político. Desde el principio se acercaron al entorno del Régimen, después en la democracia  a los entonces jóvenes socialistas sevillanos, encabezados por Felipe González y Alfonso Guerra, quienes por su parte valoraban el peso del mayor grupo industrial andaluz. Así que el hijo ha sabido llevar al consejo de la matriz o de alguna filial a gentes con poderío como Carlos de Borbón Dos Sicilia, primo de Juan Carlos I; el subsecretario de Presidencia con UCD, José Terceira; el exministro socialista Josep Borrell; el ex secretario de Estado de Hacienda con el PP, Ricardo Martínez Rico, el expresidentes peruano Alan García o Bill Richardson, ex secretario de Energía de Bill Clinton.

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Hoy apartados de la dirección de la empresa, obligados por el juez a devolver las indemnizaciones millonarias por salir de los cargos directivos, el fracasado intento de Gestamp, la presión de la banca y los problemas de liquidez, auguran un futuro incierto en el total de la divisiones  de la empresa. Abengoa es el Titanic apunto de chocar con el iceberg que lo llevó al fondo del océano. Esperemos que el buen hacer de los nuevos directivos o la suerte de encontrar alguna sirena o delfín de buen corazón, y mejor cartera, lleven a buen puerto a este barco que da trabajo a miles de personas en todo el mundo.