En mi mente se dibuja una guerra civil, y no creo que sea el único que ya ve un enfrentamiento entre dos posiciones irreconciliables dentro del pueblo catalán. 

¿Acaso apartar al Gobierno de la Generalidad terminará con el odio, con el adoctrinamiento ya convertido en historia en las aulas y con el millón de mentiras repetidas hasta la saciedad por el secesionismo? No lo creo, pero mantenerles en el poder puede ser incluso peor, pues seguirán instaurando su maquinaria de odio racista, de adoctrinamiento y de reclutamiento ideológico de soldados drogados por un estupefaciente del que es casi imposible salir: el nacionalismo excluyente.

Hoy ya no existe una postura intermedia satisfactoria entre gobierno y autonomía, de este brete saldremos con vencedores y vencidos, nos guste o no. Las instituciones catalanas han dirigido a una parte importante del pueblo catalán hacia un sueño que poco a poco se está convirtiendo en una pesadilla que enfrenta incluso a las familias, familias que incluso son más antiguas que el edén indepe.

Las vías de diálogo están rotas y ambas partes lo saben, sólo buscan desesperadamente un apoyo internacional a acciones que legitimen la consumación de la ilegalidad de unos y la imposición de la norma suprema del otro lado. Hablamos de una contienda entre la Ley y el populismo de apariencia revolucionaria.

El odio preciso para una contienda de este tipo nació con las parábolas de los primeros nacionalistas, creció amparado por las prebendas electoralistas de las que todos sacaron provecho y ha desembocado en un enfrentamiento generalizado en el que el odio es de grado similar en ambos bandos.

El único agente capaz de parar lo que hace un siglo hubiera acabado a tiros es el más cobarde de todos los que pueden intervenir en un conflicto social: el dinero.

PABLO CAMBRONERO

Licenciado en Derecho que trabaja en el ámbito policial. Mi afición desde los siete años es escribir sobre cualquier tema que me ronde. Colaborador de Expreso del Sur.