Alza el puño, cerrado con fuerza como guardando algo muy valioso o con el objetivo de golpear sin destrozarse los dedos. Canta canciones paganas que ensalzan revoluciones caducas que jamás comprenderá. Esputa ante cualquier micrófono con cara de odio o repugnancia cientos de reproches y comportamientos de los por el llamados “poderosos”, los cuales ostentan el mismo salario que él recibe por sus dudosos méritos. Se enriquece de un estado al que dice odiar y al que vende como verdugo de su más que dudoso victimismo.

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Congreso de los Diputados ayer durante la apertura oficial de la legislatura. FOTO: EFE

En nuestro Congreso quedan reflejadas multitud de ideologías, muchas de ellas florecen alimentadas por profundas y vetustas raíces de incoherencia. El hecho de que la rama más radical y hasta absurda del secesionismo radical catalán tenga una representación sobredimensionada al del resto de los ciudadanos provoca en quienes les escuchamos en sede parlamentaria una cantidad desmesurada de frustración.

El hecho de que mi voz como partícipe de nuestra democracia se escuche en auriculares mientras la voz de otros suene ensordecedora en altavoces es consecuencia de una de las dolencias más grave de nuestro sistema político. Miles, millones de ciudadanos no se sienten representados en nuestras Cortes, y ello puede provocar el divorcio en el ya más que complicado matrimonio entre pueblo y políticos.

Ahí estriba la fuerza de quienes usan ese poder de representación para intentar acabar con un modelo social que ya se ha mostrado como el menos malo de los existentes y crear la cantidad necesaria de caos para satisfacer sus pretensiones personales de poder o relevancia.

Victimismo, revolución, nacionalismo, exclusión, populismo y odio. La historia nos ha enseñado al precipicio al que  conduce esa senda, ¿seguimos andando?