En marzo de 1989 estuve en Tetuán asistiendo a un congreso cuyo título era “La ciudad andalusí ante el reto de su transformación”. Nos dimos cita allí un buen número de arquitectos y urbanistas españoles y marroquíes para reflexionar sobre un pasado común en cuanto a los espacios urbanos.

En una de las ponencias, un arquitecto andaluz, en referencia a un antiguo edificio de la orden franciscana, aludió a esta y para explicar lo que era una orden religiosa católica se expresó diciendo que era una “secta”. En el turno de preguntas intervine para puntualizar que los franciscanos, ni son ni han sido nunca una secta por cuanto nunca han pretendido dominar la voluntad de nadie y menos a través de ocultaciones que les hicieran ser sociedades secretas.

Me supo mal que se calificara a los franciscanos de secta, aunque a la vuelta de los años comprendo perfectamente que no era para tanto, pues el ponente tenía ante sí un público muy heterogéneo y quizá no encontró un término mejor para hacer entender a los musulmanes de la sala en qué consistía una orden religiosa. Evidentemente, no lo dijo con afán peyorativo, aunque en algunos como yo pudiera entenderse así en aquel momento. Probablemente quiso hacer hincapié en la idea de “sector”, “sección”, palabras de la misma raíz que “secta” que vienen a hacer entender que una secta, por encima de connotaciones negativas, es en el fondo una parte separada de un conjunto más amplio, que en aquel caso sería la Iglesia Católica.

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Hace poco tiempo leí a un autor que maldecía de todas las “sectas” que han ido apareciendo en el seno de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos, en referencia a todas las “familias religiosas” (en sentido amplio), fruto de la tendencia asociativa del hombre y de los carismas variados que Dios ha suscitado en la Iglesia. Este autor sostenía que todos estos grupos, de alguna manera, hacen perder unidad a la Iglesia por cuanto suscitan la tendencia en sus miembros a valorar más la parte que el todo, esto es, el grupo que la Iglesia Universal, el fundador de ese grupo que el Fundador de la Iglesia, que es Jesucristo.

Me parece interesante la aportación de ese autor y efectivamente, el peligro que apunta es del todo real, pero creo que también hay que valorar la aportación positiva de esas “familias” eclesiales.

Resulta muy llamativo que esas entidades eclesiales suelan considerarse a sí mismas como “familias” (la familia franciscana, la familia salesiana, la familia del Opus Dei, la familia dominica, etc.). Algunas veces me he preguntado por qué esa tendencia a autodenominarse “familia”. Pienso que se apoyan en que entre los del mismo grupo reina un ambiente familiar, de confianza, de amistad, quizá mayor que la que se tiene con otros miembros de la Iglesia que no pertenezcan al grupo. Pero una cosa es un ambiente familiar (que puede incluso darse entre los jugadores de un equipo de fútbol o en la “gran familia militar”) y otra muy distinta, “ser familia”, lo cual está reservado a quienes están unidos en vínculo de matrimonio y a quienes se van añadiendo los hijos.

Pienso que ese autodenominarse “familia” tiene una razón de ser en que en las familias de verdad existe una intimidad, una puerta que se cierra a los extraños y que solo traspasan los miembros de la familia, esto es, el matrimonio y los hijos. Quizá un sentimiento análogo de intimidad plantean las clausuras de los conventos, y quien dice las clausuras, dice todo lo que se vive tras los muros de un convento. Pero lo análogo no debe de confundirse con lo idéntico, de la misma manera que lo que nominalmente se llama “familia” no quiere decir que lo sea en el plano de lo real, sino como mucho en el plano de lo analógico, que por ser analógico, no es real esencialmente.

Quizá esa particular intimidad entre los miembros de un grupo eclesial haya llevado a no pocos a confundirlos con sectas en la medida en que estas últimas también son un “sector” en el que existen unos “iniciados” y donde se crea una estructura de “círculos concéntricos” de mayor a menor “implicación” con la organización, de modo que existe un núcleo duro que “sabe” lo que los círculos periféricos no saben, lo que le da mayor poder, ya que lo que nadie desconoce es que la información es poder.

Quiero decir con esto que las “familias eclesiales” no son familias, sino otras cosas, y que llamarles “familias” puede derivar en equívocos, puesto que el mundo en que vivimos es un mundo jurídico, y una familia lo es en sentido jurídico, pero esas “familias eclesiales” no son familias en sentido jurídico, sino otras cosas, como lo prueban sus estatutos o constituciones, que no tienen nada que ver con el derecho de familia. Y el mundo del derecho es muy importante pues en él se deja claro qué son las instituciones y cuales son los derechos y deberes de las personas que forman parte de ellas.

Como mucho, podemos decir que esas instituciones son “parte de la familia de Dios”, que es la Iglesia, de modo que la “fraternidad” que pueda existir entre los miembros de esas instituciones es solamente un modo particular de esa fraternidad común entre los cristianos, o lo que es lo mismo, que lo que les hace ser hermanos no es la pertenencia a esa institución, sino la pertenencia a la Iglesia

Habiendo aclarado algo lo que son las entidades eclesiales, podemos decir ahora que son variadísimas, pues las hay desde órdenes religiosas con mucha clausura y austeridad, como los cartujos o trapenses, hasta otras laicales como los neocatecumenales, los focolares o el Opus Dei. Sin embargo todas tienen un denominador común, que es el tener origen en un carisma determinado, más o menos divinamente inspirado, lo que no quiere decir que en el origen de cada una de estas entidades haya un milagrito, que es algo que le encanta a más de uno.

Todas estas entidades eclesiásticas parten de un carisma, querido por Dios para bien de toda la Iglesia.

Vamos ahora a la pregunta ¿Cuál es la duración de estas entidades eclesiales?

Respuesta: No lo se. Depende de la Voluntad de Dios, que es quien ha suscitado esos carismas.

Si damos un repaso a la historia de la Iglesia, vemos que hay instituciones que han nacido, existido un tiempo, y luego han desaparecido. Algunas han desaparecido pacíficamente, otras de modo violento, como los Templarios. En la viña del Señor hay de todo, como en botica.

Me decía hace poco un amigo mío que es diácono, que las instituciones de la Iglesia son por su propia naturaleza limitadas en el tiempo porque obedecen a un carisma que no tiene por que ser permanente, o aunque lo sea, no tiene por qué ser permanentemente encarnado por la misma institución. Lo único permanente es la Iglesia, pero no los carismas que vaya suscitando Dios a lo largo de la historia, los cuales prestan un servicio a la Iglesia durante un tiempo, el necesario para prestar ese servicio, tras el cual, desaparecen.

En este sentido me hablaba hace poco una religiosa acerca de su propia orden, al entender que el carisma que dio origen a aquella, viene siendo cubierto actualmente por otros medios, por lo que su instituto ya no tiene razón de ser.

Sin embargo, otro amigo mío sacerdote sostiene que este modo de pensar es una excusa para no hacer proselitismo para la propia institución amparándose en unos supuestos “signos de los tiempos” que lo único que harían es enmascarar la propia tibieza e irresponsabilidad.

Mi opinión está con los primeros, pues una cosa es tener origen en un carisma y otra muy distinta es divinizar una institución, cuando la única institución divina es la Iglesia. Por otra parte, no es ningún fracaso desaparecer, porque para esas instituciones, tanto aparecer en la historia como desaparecer, son modos de servir a Dios y a la Iglesia. Las instituciones están al servicio de las personas, no al revés.

San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, sostenía que este existirá mientras haya hombres sobre la faz de la tierra, debido a que el mensaje que trae el Opus Dei, la santificación de la vida ordinaria a través del trabajo, es un mensaje que siempre tendrá actualidad, pues siempre habrá hombres en la tierra que tengan que trabajar.

No estoy de acuerdo con esa opinión, porque siempre ha habido hombres en la tierra trabajando y no ha sido hasta 1928 cuando ha surgido el Opus Dei. Por tanto, el Opus Dei no es una entidad eclesial imprescindible. Además, según comentaba el propio fundador, cuando vio en 1928 la necesidad de fundar el Opus Dei, lo primero que hizo fue investigar a ver si existía alguna entidad eclesial como la que él había vislumbrado para pedir la admisión en ella antes de dedicarse al Opus Dei, lo que prueba que, aunque en aquel momento, el carisma del Opus Dei no existía en ninguna otra entidad, nada se opone a que en el futuro el Opus Dei desaparezca y su carisma lo lleve a cabo otra entidad. O que no lo lleve a cabo ninguna, como sucedió antes de 1928.

En una palabra, que nadie es imprescindible, y menos las instituciones.

Mejor y más llena de humildad me pareció hace poco la opinión de José Antonio Rincón, superior de los jesuitas de San Hipólito, en Córdoba.

Fui a misa de 8,30 de la tarde, como casi todos los días, y la celebraba el mencionado jesuita. Aquel día se cumplía un aniversario varias veces centenario de la aprobación jurídica de la Compañía de Jesús. Un aniversario de ese tipo en los tiempos que corren, tiene sabor agridulce. Me refiero a que desde hace bastantes años, debido a la mortandad de los miembros de muchas órdenes religiosas y a que sus filas no son renovadas por nuevos miembros, el número de los efectivos de no pocas instituciones religiosas ha bajado preocupantemente hasta el punto de que se empieza a dudar seriamente de su continuidad en la historia.

Hay órdenes religiosas que solo por su movimiento demográfico, es previsible que desaparezcan antes de 15 años. Otras, incluso en menos tiempo. Ejemplo paradigmático de esto son los jerónimos, antaño una orden religiosa floreciente y en la actualidad reducida a un solo monasterio, el del Parral, en Segovia, en donde habitan 9 monjes, los últimos que quedan en todo el mundo. Cuando desaparezcan estos, la orden quedará extinguida si no ha entrado ninguno nuevo.

Me imagino que todas estas cosas rondarían por la cabeza del padre Rincón cuando en la oración de los fieles de aquella misa pidió por la Compañía de Jesús, “para que, si entra dentro de la Providencia de Dios, se digne que podamos seguir celebrando este aniversario en el futuro”. Muy bien, el futuro siempre es incierto y está en las manos de Dios.

Hay órdenes religiosas que llevan existiendo en torno a 1500 años; otras apenas un lustro, como Iesu Comunio, pero todas, todas las instituciones, durarán lo que el Espíritu Santo, que gobierna la Iglesia, quiera. Muy peligroso me parece sostener que una determinada institución es imperecedera, muy peligroso. Una actitud así parece que está demandando una cura de humildad. Aquí todos somos siervos de la viña del Señor y trabajaremos donde el Señor nos ponga, pero el dueño de la viña es Él, y es Él quien dispone cómo debe organizarse la viña ahora y en los siglos venideros.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.