Dice Víctor Hugo que el futuro tiene muchos nombres; para los débiles es lo inalcanzable, para los temerosos es lo desconocido, y para los valientes es la oportunidad. Cada cual verá donde se sitúa.

También decía John Lennon que él no solía hacer planes más allá de una semana.

El recién nombrado prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz, decía hace tiempo que el futuro es la conjunción entre la libertad personal y la providencia de Dios.

expreso del sur el futuroEl Papa dice en una entrevista que “no se nos ha entregado la vida como un guión en el que ya todo estuviera escrito, sino que consiste en andar, caminar, hacer, buscar, ver…”.

San Pablo también decía que “aquellos que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. (Y me pregunto yo quién es el guapo que es capaz de discernir infaliblemente, respecto de terceros, quién es movido por el Espíritu de Dios y quién no).

Todas estas ideas me parecen buenas y estoy de acuerdo con ellas. Ahora bien, lo difícil es tomarlas en serio cuando de verdad hay que ponerlas en práctica, porque por regla general solemos hacer un guión estereotipado de nuestra vida, y sobre todo de la de los demás. Tenemos poca apertura a las distintas posibilidades que plantea la existencia. El Espíritu de Dios es mucho más rico que nuestra pobre y limitada experiencia, de ahí que tengamos tendencia a poner sambenitos o a hacer guiones previos de las vidas de los demás.

Es más, tenemos tendencia a censurar a quien se sale del guión preconcebido que nosotros tenemos de otros. Y lo que es peor, transferimos esos prejuicios a las organizaciones a las que pertenecemos, sean de tipo profesional, filantrópico, educativo, social, deportivo, religioso, político o lo que sea.

En contra del refrán conocido, la historia no se repite, sino que lo que se repite es el ser humano, de modo que al no ser nunca exactamente iguales las circunstancias en las que nos vemos, nunca son totalmente extrapolables las situaciones en las que nos encontramos, pues tienen algo constante, el hombre, pero algo distinto, la situación concreta individual. De ahí que siempre el futuro es algo imprevisible. Es verdad que la historia es “magistra vitae”, como decía Cicerón, pero no es la vida misma; nuestra historia futura no está escrita, la tenemos que escribir nosotros mismos.

Y a nuestra vez, hemos de respetar la historia de la vida de los demás, que escriben ellos mismos, sin juzgar a nadie. Vuelvo a citar a San Pablo: “nadie me juzga, quien me juzga es el Señor” (1Cor 4, 4). El mismo Jesucristo dijo aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados” (Lc. 6, 37).

El futuro podrá ser sorprendente, pero siempre es algo abierto, posible, impredecible. Lo mejor que puede pasar ante el futuro es “acertar”; pero eso se comprueba a toro pasado, no antes.

Ante el futuro hay que tener una actitud expectante que contenga varios componentes tales como la ilusión, la paciencia, la constancia, la búsqueda permanente de la verdad, el espíritu crítico, el equilibrio en los objetivos, la constante atención a las oportunidades, el profundo conocimiento del entorno, la excelencia moral de anteponer siempre los principios, la capacidad de reacción (y sobre todo, de pedir perdón por los errores), la formación cultural y profesional y la serenidad ante la adversidad.

El futuro es lo único que tenemos en común todos los hombres, porque, como dice el refrán, mientras hay vida, hay esperanza. Efectivamente, aun encontrándonos en el último momento de la vida, todavía tenemos un futuro, y no pequeño, pues por la misericordia de Dios, podemos rectificar en el último instante toda una vida en la que no hayamos acertado. Nunca es tarde para cambiar de rumbo.

Voy a terminar con una nueva cita de San Pablo que ha curado no pocas depresiones: “Todo es para bien de los que aman a Dios” (Rom (8, 28). Quizá pueda haber quien tome esto como un consuelo para ilusos. Si a alguien le sirve, yo he comprobado que esto se cumple absolutamente siempre, por lo menos conmigo. Para los que aman a Dios, el futuro es incierto, como para los demás, pero siempre es bueno. Quienes amamos a Dios, no somos mejores que los demás, ni más poderosos, ni tenemos la llave del porvenir. Nuestro futuro es incierto, como el de los demás; no está escrito de antemano, pero es esperanzador, con una esperanza fiable que reside en Dios. Yo por eso, siempre que me veo con una copa en la mano y en la tesitura de brindar por algo, siempre brindo por el futuro, por ese futuro apasionante en el que Dios y nosotros trabajamos mano a mano.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.