Hasta la ida de olla de Freud (Edipo y Electra),  pensábamos que la niñez era esa época de maravillosa candidez libre de cualquier contaminación sexual en los comportamientos que no se volvería a repetir hasta el instante preciso de morir, pero ni eso.

No existe un comportamiento humano en el que el sexo, entendido como la mera hipótesis de su suceso o su influencia psicológica, no contamine el proceder de todos.

Un mero paseo hace que coincidamos en el espacio/tiempo con cientos de personas que, en algunos casos, nos atraen sexualmente. Un estudio sociológico atestiguó que los humanos pensamos en sexo una media de 18 veces al día, por ello no es ningún disparate afirmar que el sexo, en cualquiera de sus vertientes y modalidades, domina nuestras vidas.

Vamos al gimnasio, seguimos modas, cuidamos el aspecto día tras día para vernos bien y que nos vean, de hecho uno se ve bien a sí mismo sólo si los demás le ven así. Los hay incluso que muestran su capacidad económica como plumaje de colores para atraer al sexo opuesto. Nuestra vida es un constante ritual de apareamiento frenado por la frustración.

Los roles están influidos desde su origen por unas costumbres sociales que, en algunas sociedades, intentan eliminar esa naturaleza sexual de nuestros comportamientos y motivaciones. La religión, además de establecer una esperanza vital imprescindible para la vida en sociedad, procura condenar el libre ejercicio de la sexualidad para intentar establecer unos patrones de comportamiento contra natura.

Condenar la influencia sexual de nuestra conducta es condenar la esencia misma de nuestra existencia.