Como es sabido, la Iglesia avanza a lo largo de la historia en la peregrinación en la fe. Esto quiere decir fundamentalmente que la Verdad de Dios se va haciendo cada vez más inteligible a la Iglesia, y por ello, a los cristianos, de modo que aspectos que antaño se veían con cierta oscuridad, en el siglo XXI se ven más claros porque Dios concede a la Iglesia profundizar más en determinados misterios.

Uno de los aspectos en los que se ve clfoaramente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia en su función de hacernos ver cada vez con mayor claridad determinados misterios, como prometió Jesucristo a los apóstoles, es el de la vida sexual matrimonial.

El sexo en el ser humano es un misterio de amor. Se ve claro el camino recorrido en los últimos siglos si nos fijamos, por ejemplo, en el Catecismo Romano de San Pío V, del siglo XVI, compuesto tras el concilio de Trento, en el que se recomendaba abstenerse de relación sexual a los esposos si tenían pensado comulgar al día siguiente, como si la relación sexual fuera algo pecaminoso o cuasi pecaminoso.

Una recomendación así resulta hoy día anacrónica y fuera de sentido, prueba evidente de que en aquel momento la Iglesia no había avanzado tanto como hoy sobre el misterio de amor del sexo entre los esposos. En el siglo XVI hubieran resultado escandalosas las catequesis de los miércoles de san Juan Pablo II entre 1979 y 1984 sobre la teología del cuerpo y la sexualidad, y más todavía el maravilloso documento postsinodal del Papa Francisco, “Amoris Laetitia”.

También resulta hoy día anacrónica la explicación del matrimonio contenida hace cien años en el Código de Derecho Canónico de 1917 en donde se contemplaba como fin primario del matrimonio la procreación, y secundariamente, la compenetración y ayuda mutua. Nada tiene que ver eso con lo expuesto por Francisco en la Amoris Laetitia en donde se contempla la fecundidad como una consecuencia del amor, en el que la sexualidad no aparece como un aspecto separado, sino como una faceta intrínseca, fundamental e inseparable del amor entre los esposos, de modo que su amor es siempre fecundo, haya hijos o no.

Hace tiempo pensé en la posibilidad de gestionar una autorización eclesiástica para conseguir tener reservado al Santísimo en mi dormitorio conyugal, y todavía contemplo esa posibilidad, por cuanto tengo por cierto que en el acto sexual es donde los esposos cristianos materializan de modo más pleno ese amor suyo que es signo visible del amor con que Cristo ama a su Iglesia. Siempre me ha parecido que el mejor escenario del acto sexual entre los esposos cristianos sería en la presencia de Jesús sacramentado. La caridad de Cristo en el matrimonio se materializa en toda la vida de pareja, en freir un huevo mientras el otro pone el mantel, en arreglar una tubería del baño mientras el otro hace la compra, etc. Pero donde más se materializa ese amor de Cristo entre los esposos es en la entrega mutua de la sexualidad, en esa unión íntima en la que, al decir del Cantar de los Cantares, “mi amado es mío y yo de mi amado”, que en el acto sexual es referida a Cristo mediante el amor sexual al cónyuge, haciendo realidad el amor con que Cristo ama a su Iglesia.

Nos ha recordado el Papa que el amor entre los esposos no solo es dolor, sacrificio, sufrimiento compartido; sino placer, gozo, pasión erótica, alegría, también compartidos.

Y eso a lo largo de toda la vida, no solo cuando se está en edad fértil, ya que la sexualidad, como recuerda el Papa, puede tener otros modos de manifestarse y de vivirse tras los años de fertilidad, pues el matrimonio es camino de amor, y el amor (y por tanto, el sexo) no se reduce a los años de juventud. El amor sexual, el sexo, dura toda la vida de los esposos.

El sexo, ese lenguaje de amor de los esposos, debe ser vivido siempre, aunque con los años se lleve a cabo de manera algo variable, pero siempre con total espontaneidad. Que cada cual opine lo que le de la gana, pero me parece algo anacrónico aquello que practicaban nuestros abuelos. Me refiero a que no se veían desnudos nunca, ni al hacer el amor. Incluso existían camisones para la mujer en los que había una abertura por delante para realizar el acto sexual sin estar desnuda. Nada tiene eso que ver con la revelación de la Sagrada Escritura, en la que cuando Adán vio ante sí a Eva, su mujer, desnuda, exclamó aquello de que “esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”, entendiéndose a sí mismo al entender a su esposa desnuda.

Todavía en pleno siglo XXI he conocido a algún anciano cristiano que me comentó que él nunca vio a su mujer desnuda en toda su vida. Craso error creer que en eso consiste la castidad conyugal, cuando en realidad es todo lo contrario, ya que un cristiano casado, lo que tiene que hacer es enamorarse del cuerpo desnudo de su mujer a base de explorarlo con la vista, con el tacto, con los besos y con todos los sentidos, a fin de conseguir con ese enamoramiento que su excitación sexual se produzca solo con su mujer. Esa será la mejor medicina para preservar su unidad y fidelidad matrimonial en vez de buscar compensaciones en los cuerpos de otras mujeres que vea por la calle, en las revistas de prensa, en la televisión, en Internet o donde sea. Esa será la mejor manera de vivir la castidad conyugal y no pensar en algo tan anacrónico como es entender que un hombre casado debe vivir la castidad conyugal como si fuera un monje cartujo, o que para acostarse en la cama por la noche, han de pasar previamente el marido y la mujer por un probador del estilo de los del Corte Inglés o tener un biombo en el dormitorio como en las películas de los años cuarenta. Para un hombre casado, la castidad conyugal se vive, entre otras cosas, orientando la propia sexualidad hacia la sexualidad de su mujer, y no reprimiendo la propia sexualidad.

Mi mujer y yo, cuando estamos en misa, al llegar el momento de darse la paz, siempre nos besamos en la boca, por la sencilla razón de la exclusividad de nuestro amor y porque yo no tengo los mismos besos para mi mujer que para otra persona. Y porque no tengo ninguna razón para ocultar esa exclusividad del amor a mi esposa. Y ambos ya no cumpliremos los sesenta….

Todo lo que he dicho hasta aquí se resume en dos palabras: Caridad conyugal. Equivocada idea de la caridad tiene quien piense que su manifestación es la del monaguillo de escayola con sotanilla colorada y sobrepelliz, y con una huchita en la mano, que había antaño en las puertas de las iglesias, con cara angelical, dulzona y amariconada, verdadera caricatura de la auténtica caridad, con la que se pretendía mover el corazón de los piadosos feligreses para que echaran una monedita en el cepillo. Menos mal que el Espíritu Santo va ilustrando a su Iglesia. Menos mal que esas gilipolleces van quedando atrás.

La caridad conyugal, la caridad sexual, no es meliflua ni fofa ni ñoña. Es una mezcla de amor, de pasión, de gusto, de felicidad, de éxtasis, de entrega total, de sacrificio gustoso, todo mezclado, más aún, fusionado, en donde se busca a toda costa la satisfacción y el placer propio y del cónyuge a la vez, encontrándose la propia felicidad en ese placer del otro y en el placer que el otro experimenta al vernos experimentar placer gracias a él; y encontrando en ese mutuo placer la unidad y la fidelidad conyugal exclusiva, signo del amor con que Cristo ama a su Iglesia, signo de la caridad de Cristo. A partir de ahí, si han de venir hijos, que vengan, y si no, no pasa nada. Nos queda el amor, nos queda París, como en Casablanca, que no es poco.

Hace unas semanas, estaba en una tertulia de personas adultas. Las tertulias de personas adultas son las mejores, porque se puede hablar de todo, se puede plantear todo y se puede cuestionar todo. Y se aprende mucho. En las tertulias con gente infantiloide, pudibunda o ñoña, todo lo más que se puede hablar es de fútbol o de paseos en bicicleta.

Una de las participantes en esa tertulia de adultos, una amiga mía médico, comentó que aunque parezca increíble, hay muchísimas mujeres que tras muchos años de matrimonio, incluso siendo madres de muchos hijos, nunca han tenido un orgasmo.

Por supuesto que algo así se puede deber a varias posibles causas sobre las que no voy a entrar, pero sí voy a apuntar una de esas posibles causas, que sería la de una eventual falta de caridad de los maridos de estas mujeres. Repito que es solo una posibilidad, no una imputación.

Si sabemos que la moral cristiana contempla que los pecados o faltas pueden ser de pensamiento, palabra, obra u omisión, probablemente no pocos esposos cristianos deberían preguntarse si en las relaciones conyugales con su mujer se han preocupado de no omitir la búsqueda del placer sexual de ella, o si solo han pensado egoístamente en su propio placer.

Sabemos que la caridad es una virtud “ordenada” en la que hay prelaciones: Parece anacrónico tener un amor exorbitado por los negritos del África y no tratar con amor a quien tenemos “próximo”, es decir, al “prójimo”. A mayor proximidad, mayor caridad. Y  para unos esposos cristianos, el prójimo más próximo es el cónyuge propio, el marido o la mujer. Por eso, la mayor caridad de un hombre casado debe ser vivida con su mujer, y la de esta, con su marido.

No digo que esa sea la causa, pero no pocos esposos cristianos deberían preguntarse si no tienen algo que ver, por omisión, en que sus mujeres no hayan tenido nunca un orgasmo, o en que ellos no las hayan esperado cuando lo han tenido.

De acuerdo que no viene mal tener un director espiritual que aconseje a los maridos cristianos rezar padrenuestros con la mujer. Pero para vivir la caridad conyugal es posible que no venga mal también el concurso de un buen sexólogo que le enseñe al marido, por ejemplo, los modos de estimular el clítoris de su mujer para que ella llegue al orgasmo al unísono con él.

La caridad cristiana, si no se concreta, puede terminar siendo músicas celestiales. El verdadero amor busca el bien del otro, el placer del otro, el gozo del otro.

Hace unos meses me llegaron unos mensajes por whatsapp de cristianos adultos escandalizados porque el Kichi, alcalde de Podemos de Cádiz, había organizado desde el ayuntamiento unos cursos de estimulación del clítoris.

Yo creo que no es necesario santiguarse varias veces por ello. La moralidad requiere analizar un fin, un contexto, unos medios y unas circunstancias. El aprendizaje acerca del funcionamiento de la sexualidad femenina es siempre algo positivo. Otra cosa es para qué se utilicen esos conocimientos. Ahora bien, en mi opinión, para un esposo cristiano es una obligación conocer el funcionamiento sexual de su mujer, por cuanto el fin del matrimonio es el amor; y la fecundidad, su consecuencia. Y el amor a la esposa reclama, entre otras muchas cosas, buscar para ella el orgasmo, ya que la sexualidad es parte integrante del amor conyugal.

Me gustaría saber cuántos esposos cristianos han acudido a la confesión sacramental y se han acusado ante el Señor, representado por el sacerdote, de haber omitido poner los medios para que su esposa llegara al orgasmo. Es decir, de haber omitido la caridad conyugal.

Hace un momento he hablado de músicas celestiales. Por San Pablo sabemos que no sabemos nada del Cielo, de la bienaventuranza tras esta vida: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni se le pudo pasar por la mente a nadie lo que Dios tiene preparado para los que le aman”.

Hay no poca iconografía cristiana que pinta el Cielo como un montón de gente con túnicas blancas, caras de despistados o enajenados, y tocando el arpa o la lira.

Ojo a esas iconografías, que el Señor en la última Cena comentó que no bebería del fruto de la vid (esto es, vino) hasta que lo bebiera de nuevo en el Reino de los Cielos. Y no perdamos de vista que el Señor dio comienzo a su vida pública organizando una verdadera borrachera en Caná de Galilea, instigado por la Santísima Virgen, su Madre y Madre nuestra, regalando a los comensales, ya medio borrachos, nada menos que unos 600 litros de vino acojonante, al que no se pudieron resistir.

Ojo con la gente recatada o con el corazón aherrojado. A lo mejor el Cielo no es un coro de músicos despistados, sino un banquete: “Ni ojo vio, ni oído oyó…”.

La felicidad no solo es fin, sino camino. Buscar la felicidad del cónyuge hasta el éxtasis,  es el mejor camino para ir al Cielo y para llevar al Cielo en volandas al propio cónyuge.

ANTONIO MOYA SOMOLINOS

Arquitecto. Colaborador de Expreso del Sur.