Este pasado sábado por casualidad o por destino, nunca he sabido bien en cuál de las dos cosas creer, se cruzó en mi vida sin esperarlo, un aliento de arte que duró apenas unas horas en mi paladar, pero cuyo recuerdo no perecerá. Igual que cuando pruebas un dulce típico, en alguna pequeña pastelería, de algún remoto pueblo al que has ido de turismo. Ese sabor inimitable, característico, nuevo.

Montilla jamás estuvo más cerca de Almería esa fría noche de cuaresma. El Teatro Garnelo se pasó a llamar por unas horas Níjar. Y entre la luz que emana de la farola de una plaza que sin serlo siempre será rosa, entre gritos de niños y gentío arreglaó de sábado, entre vino y miradas, se paseaba observando y callado un joven y secreto Federico García Lorca.

bodas de sangre

FOTO: Rafael González

Aquella noche, en ese núcleo poblacional, tenía lugar una boda, pero no imaginen, una cualquiera, sino una boda de mucha sangre. Sentados en aquellos premonitorios sillones rojos, con las luces apagadas y melodía de drama, se iba a tratar el enigma humano eterno. La vida y la muerte.

Se levantó el telón y no sabía entonces si oír, si mirar, si ver, si callar, si sentir, si llorar, si dejarme llevar, si respirar. Si no estuviste allí, no me entenderás. Perdido entre la luz de un foco, un micrófono sobraba ante la profundidad de semejante garganta, no había ruidos de toses nerviosas ni de movimientos de brazos, ni de cambios de postura en aquellas incómodas butacas, ni ruido de pestañas, todos quedamos inmóviles, todos quedamos mudos, porque durante un instante la voz solo pertenecía a uno, Antonio Mejías respiraba por nosotros.

Así comenzó. Sin medias tintas, sin mano izquierda, sin tapujos. Dos personas ocupaban aquel negro escenario. El otro, con la incansable e imprescindible guitarra, unos rizos a la sombra sin cuerpo, solo con manos.

En ese dúo faltaba alguien, que haría que por una vez tres sumaran uno. Algo inexplicable en matemáticas, pero gracias a Dios, comprensible en la bella ilógica. Esa pieza adherente tenía, como no podía ser de otra forma, nombre y cintura de mujer. Con paso calmado, a ritmo, con pose seria y tacón impecable, se hacía camino en las tablas una bailaora, y entre tanto negro, ella y su soleá llegaban de blanco.

Tres o cuatro minutos duró esa primera colleja de arte serio. Ella impecable, elegante. Sus manos dibujaban formas imposibles que se entrelazaban con las cuerdas vocales de un Mejías entregaó. He de decir que ese inicio era la confirmación de que lo que vendría después sería de calidad, de categoría, sería de otro nivel y así fue.

Una obra de teatro creativa, original, con una apuesta sencilla. Con un atrezo necesariamente austero. Todo escogido, todo muy pensado. Dos sillas de esparto, que recorrían cada esquina del escenario, hacían de claqueta a cada escena, permitiendo que la imaginación volara y comprendiera el resto. Un claro ejemplo de que menos es más, de que lo sencillo es más bello que lo excesivo.

Una música bien escogida, unas interpretaciones sorprendentemente maestras. Sinceramente no me esperaba aquello. No entendía cómo había sido tan ignorante de no haber conocido a tiempo a aquellos innatos actores.

La Madre era desgarradora, con acento claro, con movimientos naturales pero perfectamente estudiados. Realizaba pausas majestuosas y sus diálogos desgarraban. Una actriz de los pies a la cabeza.

bodas de sangre 1

FOTO: Rafael González

No puedo hablar de todos ellos, aunque todos lo merecen. El teatro es equipo y si la obra fue digna de la Gran Vía madrileña, fue por el trabajo de todos. Destacaría muchas cosas, como el etéreo canto a la Novia, la nana interpretada por una joven de merecido nombre, Rocío Jurado. Pero si una escena me hizo desesperar fue la de los dos amantes, en la noche, huyendo de la tradición y de las normas establecidas, transmitiendo cada vez que sus bocas se acercaban sin rozarse, deseo y pasión desmedida. Esos dos actores, sólo por aquella escena se merecen, mi reconocimiento.

Pero fue entonces cerca del desenlace, creyendo que ya lo había visto todo, cuando resuena esa inconfundible voz, ese metafórico verso, ese bello de punta que siempre consigue Jaime. Y tras él de nuevo ellos, esa Santísima Trinidad hecha baile. De luto y con melena suelta Patricia entra acompañada del cantaor. Y le dedica una seguiriya triste a una rosa, que deja caída en el escenario, color sangre. Cuando su sentimiento termina, el público llora y aplaude.

No hace falta que diga, que lo que sorprendió de la obra no fue el final. Todos lo sabíamos antes de sentarnos. Lo que hizo de aquella noche de sábado algo especial fue el desarrollo de la misma, la elección perfecta de lo que iba a suceder minuto a minuto. La decoración, la búsqueda de la perfección en cada interpretación. La mezcla de la virtud de Montilla, de los dones bien explotados, unidos en Bodas de Sangre. Mi mayor enhorabuena es para la dirección.

Me alegra que en esta ciudad haya gente creativa, que le guste la cultura, el arte. Gente nueva con ganas. Gente a la que se debería de dar más oportunidades. Personas que por hobby alcanzan trabajos grandiosos como el de la pasada noche.

Mi felicitación al Grupo de Teatro la Columna. Mi llamamiento a que se apueste por la Cultura. Mi ánimo a todos los actores que tiene esta gran ciudad y mi empujón a que apoyemos a los nuestros, y valoremos el trabajo bien hecho.

Sin duda, Bodas de Sangre estuvo a la altura de Lorca.

MARÍA RUBIO VARO

Licenciada en Derecho, Máster en Dirección de Protocolo y Organización de Eventos y Máster en Comunicación Política e Institucional. Me interesa la danza, el cine, el teatro y escribir... lo que se me ocurra. Colaboradora de Expreso del Sur.