Un nuevo día nace, al menos el olor a café recién hecho y los diversos tonos de los despertadores así me lo muestran. Cuando oigo el título de la obra La Vida es Sueño de Calderón de la Barca, parece el título de mi vida.

Hoy, como siempre, abro los ojos, el negro intenso inicial se hace un poco menos oscuro cuando mi cerebro comienza a fabricar las imágenes de los objetos que forman mi cotidianidad. Oigo y asocio imágenes a cada sonido, quizás sea una ventaja haber sido vidente alguna vez, pues sé el aspecto que pueden tener las personas y las cosas que se cruzan en mis manos, aunque el tiempo difumina las formas convirtiéndolas en sonidos, olores y sentimientos.

Me siento pesado, quizás sea el momento de hacer algún deporte, pues la agilidad comienza a ser un recuerdo cada vez más lejano y sumergido en mi dejado físico. Aún recuerdo ese gimnasio al que iba de jovencito, creo que iré a preguntar si podría apuntarme y engrasar la maquinaria que la invidencia y la dejadez ha hecho oxidar.

¿Cómo era el rojo? Unos labios de mujer sobre un fondo en blanco y negro me lo hacen visible, el blanco y negro del fondo enmarca mi imaginación, que me hace ver nítidamente la vida como si de una película antigua se tratara.

Consciente ya de la invidencia irreversible, quizás ver la vida con los tonos que dibuja la imaginación sea mucho más bonita que con las imágenes que detecta el nervio óptico y devuelve al cerebro en forma de química. Soy el dueño de lo que veo, puedo crear cuanto estimo y tengo la exclusiva propiedad del mundo.