Hace más de nueve años escribí un artículo sobre los homosexuales en el que intentaba reflexionar sobre algunas ideas de este tema. Vuelvo ahora a tratar de él, más que nada para profundizar un poco en las mismas ideas, ya que sobre esta cuestión hay bastante que reflexionar, por lo menos para mí, ya que no quiero caer en posturas intransigentes, tanto de un lado como de otro.

Un homosexual, al parecer, es una persona que tiene un problema de autopercepción, consistente en que su sexo psicológico no coincide con el fisiológico, debido a lo cual siente atracción sexual hacia personas del mismo sexo fisiológico que él.

Después de muchos años de investigación, los científicos siguen deshojando la margarita acerca de si el homosexual nace o se hace. Si hace años parecía decantarse la respuesta hacia lo segundo, hoy día no está tan claro y parece que lo más plausible es pensar que hay de los dos tipos, esto es, homosexuales cuyas tendencias son así desde que nacen y otros que lo son como consecuencia de un vicio adquirido, análogo a otros vicios como el juego, la droga, el alcohol o el sexo heterosexual. Sobre este segundo tipo puedo contar una anécdota conocida de primera mano.

expreso del sur homofobia

Era yo estudiante de arquitectura en Madrid en los años setenta y entre mis compañeros había uno que estaba todo el día pensando en follar con la primera tipa que se le cruzara. Un buen día, en plena clase de estructuras, estando a mi lado en el pupitre, en un momento dado me confesó que ya no le satisfacían las mujeres y que iba a empezar a darse por culo con tíos. En una palabra, que lo que le llevaba a las relaciones homosexuales era un afán de probar nuevas sensaciones sexuales, de experimentar con el vicio, de modo análogo a lo que luego he leído que hicieron en su día tipos como David Bowie o Mick Jagger u otros, pero sin existir una tendencia homosexual innata.

No se si hice bien, pero a partir de aquel momento puse tierra por medio con ese compañero por un instinto natural de no buscar problemas ya que comprendí que este camarada empezaba a tener un comportamiento impredecible como consecuencia de su manía sexual desbocada.

Desde aquel momento abandoné la amistad de ese compañero. Quizá debí haber seguido siendo amigo suyo, seguir teniendo trato con él e intentar sacarle del atolladero en el que ya estaba metido, pero pesó más en mi decisión un instinto de precaución al ver poco menos que imposible su salida de la patología en la que sin duda ya se había metido, mezcla de violencia con oscurecimiento absoluto de los valores por los que una persona normal vive la vida. Quizá hoy día no habría tomado la decisión de poner tierra por medio, pero en aquella época se veía la homosexualidad como algo más grave y repugnante.

No le volví a ver. No se que habrá sido de él. Es un claro ejemplo de los homosexuales que han llegado a ese estado como consecuencia del vicio sexual al que progresivamente se han ido entregando ellos mismos. Tipos como este amigo son los que años más tarde han llenado las manifestaciones del orgullo gay con proclamas violentas y ofensivas, principalmente contra la religión católica y contra los obispos. Me imagino que nadie estará a favor de la violencia que despliega el lobby gay, aunque quizá haya que reconocer humildemente que la sociedad no ha tratado anteriormente a los homosexuales con la dignidad de personas que tienen, tanto si lo son de nacimiento como si lo son como consecuencia de un vicio, ya que nadie está limpio de pecado como para tirar la primera piedra, y lo que es censurable es el vicio, pero no las consecuencias fisiológicas o psicológicas del mismo.

Pero… ¿qué hay de los homosexuales que lo son por nacimiento? ¿Por qué van a tener que cargar con la mala fama de los activistas del orgullo gay?

Hace años la Organización Mundial de la Salud consideraba la homosexualidad entre el elenco de enfermedades reconocidas. Desde el 17 de mayo de 1992 la retiró de la lista como consecuencia de las presiones del lobby gay, que más que presiones razonables, eran verdaderos chantajes y coacciones. Sin embargo los buenos psiquiatras siguen considerándola una enfermedad, porque todo buen médico sabe que no existe enfermedad vergonzante, ni enfermo vergonzante, sino enfermedades y enfermos, sin calificativos morales, a los que un buen profesional de la medicina, por vocación, quiere ayudar a su curación, sin meterse en otras consideraciones morales y teniendo en cuenta que las enfermedades no solo se tienen por nacimiento, sino en otras ocasiones como consecuencia de determinados comportamientos, como puede ser el caso, por ejemplo, de la obesidad. Y evidentemente, aquí no tienen lugar consideraciones morales, son ámbitos independientes.

Pongo un ejemplo. El SIDA puede haberse contraído como consecuencia de aberraciones sexuales; sin embargo, no es función del médico analizar la moralidad del enfermo de SIDA en la contracción de la enfermedad, sino poner manos a la obra para devolver al paciente la salud. El médico es médico, no inquisidor moral. Pero la enfermedad es enfermedad, y para curarla, lo primero es reconocer que es enfermedad.

Más aún, aunque los caminos por los que se haya llegado a una enfermedad sean moralmente censurables, la enfermedad en sí misma no es algo inmoral, ni una deshonra. Lo que pudieron ser inmorales son los actos que llevaron a ella, pero no la enfermedad en sí misma.

Por todo lo anterior, la homosexualidad, ya sea como resultado de una vida anterior censurable o ya sea por nacimiento, nunca es algo deshonroso, ni siquiera para los que se la han ganado a pulso como consecuencia de su vicio sexual anterior, ya que ninguno somos perfectos y todos tenemos cosas de qué arrepentirnos de nuestra vida anterior, y a quien únicamente tenemos que dar verdadera cuenta de nuestra vida moral es a Dios, a través de nuestra conciencia, no a los demás.

Como se trata de pensar un poco, me parece que no está de más avanzar un poco más en nuestro razonamiento y poner al menos en tela de juicio la idea de si la homosexualidad es una enfermedad.

Hay un hecho incontrovertible, que es el de que hay psiquiatras que tienen entre sus pacientes a homosexuales y que muchos de estos se curan. Pero puede contemplarse el caso de homosexuales que lo son de nacimiento y que no se curan nunca ¿Qué pasa con estos casos? El mismo Jesucristo parece que planteó la idea de que el homosexual no solo se hace, sino que en un cierto porcentaje, nace (Mateo, 19,12).

Esto nos debería llevar, si estamos dispuestos a ir hasta el fondo del razonamiento, a pensar que la homosexualidad no es una enfermedad (porque no cursa con dolor), sino solo una disfuncionalidad orgánica. Pero podemos ir más lejos, e incluso plantearnos incluso si es o no es una disfuncionalidad orgánica, esto es, si se trata simplemente de otro modo de ser. Si admitimos que en la especie humana se dan unos pocos (o no tan pocos) casos de esa supuesta disfuncionalidad o modo de ser respecto a lo que consideramos «normal» (que con precisión terminológica deberíamos llamar «habitual», ya que «normal» viene de «norma» y no parece que nosotros tengamos autoridad para decir y establecer cuáles son las normas de la naturaleza), la cuestión se reduciría a un simple porcentaje, de modo que tan normal serían los homosexuales como los heterosexuales, no solo en cuanto a dignidad, lo que se da por supuesto, sino en cuanto a lo que entendemos por la naturaleza de la especie humana, sin considerar excepción la homosexualidad, sino simplemente otra manera posible de sexualidad humana, y si está admitido que, por ejemplo, en los toros bravos se da, por naturaleza, un pequeño porcentaje de homosexuales, algo parecido habría que reconocer en el hombre, de la misma manera que existen fenómenos en la naturaleza que nos pueden parecer sorprendentes, pero en realidad no lo son, sino simples cuestiones de porcentaje, aunque nuestra rigidez mental para adaptarnos a ideas o conceptos a los que no estamos acostumbrados, sea grande. Podría ser que en el momento histórico presente, después de cientos de miles de años dando por segura otra opinión, ha llegado quizá el momento en el que el hombre deba plantearse que no es enteramente heterosexual, sino que existen dos variantes de seres humanos en cuanto al sexo, los homosexuales y los heterosexuales, aunque la primera variante suponga un porcentaje pequeño.

Ante una propuesta así, es lógico que haya quien se resista a aceptar esta tesis. Aunque las ideas no ocupan lugar, parece que no es fácil que se abran un hueco en la inteligencia de tantas personas, sencillamente porque no es fácil aceptar tesis distintas a lo que se ha tenido desde siempre como verdad, y a que las inteligencias suelen tener tendencia a estar poco abiertas, y muy dominadas por el pre-juicio, esto es, por el juicio previo que bloquea el razonamiento.

Dicho esto, opino que un homosexual puede tener un problema psíquico, en buena medida derivado del peso de la consideración peyorativa de la homosexualidad durante tantos siglos y culturas. Ese problema es una disfuncionalidad psíquica, de nacimiento o sobrevenida, respecto de los demás, mayoría heterosexual, pero disfuncionalidad, por cuanto todo el mundo tiene su organismo potencialmente preparado para el matrimonio (que incluye genéricamente la procreación) y en los homosexuales se da esta disfuncionalidad o modo de ser que les inhabilita para ello, ya que en el matrimonio siempre existen la significación unitiva y la reproductiva unidas, y esta última, obviamente, no es alcanzable por quien es homosexual, con independencia de que se lleven a cabo adopciones de hijos para suplir esa carencia.

De todas formas, si nos situamos en la tesis planteada más arriba de la existencia en la especie humana de dos posibilidades sexuales, la homosexual y la heterosexual, el problema que se plantearía no es el de que el homosexual no puede tener vida sexual por estar incapacitado para procrear, sino que habría que aceptar la posibilidad de diversos modos de sexualidad humana, uno procreante y otro no.

La incapacidad para el matrimonio de individuos singulares (por ejemplo, debido a determinadas enfermedades), que siempre se ha entendido como algo inevitable dentro de la especie (al haber individuos que por las razones que sean, no pueden asumir las obligaciones propias del matrimonio), como algo análogo a una desgracia, frente a la cual hay que aguantarse, por cuanto siempre se ha entendido que la especie humana queda asegurada por la procreación de los que son capaces de ella; es decir, que se da poca importancia a quienes no pueden procrear porque lo que se considera importante es la permanencia de la especie humana, de modo que el problema individual de los no procreantes, en concreto, su sexualidad, se plantea como algo insignificante.

Sin embargo esta postura no soluciona ni explica la tragedia individual de quien, por no tener su sexualidad las características del resto (de la mayoría) de los demás, parece condenado a una continencia total, cuando ninguno de nosotros sabe qué es lo que siente en su interior.

Me parece que en este delicado punto es muy importante ponerse en la piel de los demás, lo cual es la esencia de la caridad cristiana. Como recientemente afirmó el Papa en la exhortación apostólica Amoris Laetitia, la moral no puede reducirse a la aplicación mecánica de unas normas éticas. Hay que tener en cuenta la interioridad de la persona, la conciencia, el corazón, el caso individual. Por supuesto que el Papa Pablo VI remarcó la inseparabilidad de los aspectos procreativo y unitivo en la unión sexual, ¿pero qué pasaría si el ser humano fuera no solo heterosexual, sino alternativamente heterosexual u homosexual? El que fuera homosexual ¿habría que entender que no debe tener vida sexual por el mero hecho de que su sexualidad no es procreadora?

En el Código de Derecho Canónico de 1917 se decía en el cánon 1013.1 que “El fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, y el fin secundario la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia”. Sin embargo, en el Código de Derecho Canónico de 1983, la expresión varía considerablemente: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.

Estas referencias a documentos eclesiásticos nos dan pie para prestar atención al modo como la religión católica trata la homosexualidad. En cuanto a otras religiones, tengo que reconocer que no lo conozco suficientemente, aunque me parece que la religión islámica es especialmente dura con ella.

El primer tratado cristiano sobre la homosexualidad se debe a San Pedro Damián en el año 1051, el llamado Liber Gomorrhianus, principalmente dirigido a combatir las prácticas homosexuales entre los obispos y el clero de la época. Las expresiones que se ven en dicho tratado son terroríficas. Si las comparamos con la famosa afirmación del Papa actual en esa entrevista medio improvisada en el avión de vuelta de Río de Janeiro a Roma el 28 de julio de 2013 (“si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa”) vemos que hay un largo trecho, sobre todo en cuanto a comprensión se refiere. Al fin y al cabo, la caridad es comprensión, aceptación del prójimo, sin que por ello se deje de decir lo que está bien y lo que está mal, pero sin juzgar a las personas, ya que solo Cristo nos puede juzgar.

Comparando las definiciones de matrimonio de los códigos de 1917 y 1983 se puede ver la equivocada inteligencia del primero al considerar al matrimonio como un remedio para la concupiscencia, algo totalmente descabellado que en buena parte de los casos supondría un matrimonio nulo, aparte de lo degradante que es considerar el matrimonio como un remedio para quien no puede aguantarse de estar follando continuamente. En fin, algo caricaturesco.

Pero de la comparación de ambos códigos resulta más interesante fijarse en que el acento del primero (el que llama “fin primario”) es la procreación, mientras que en el de 1983 se pone al menos al mismo nivel que “el bien de los cónyuges”, habiendo dejado previamente claro que el matrimonio es una “alianza” y un “consorcio”. Es decir, que si antes se consideraba “fin primario” algo común a los orangutanes o los ciervos, esto es, procrear, ahora esto queda en un segundo plano, detrás de la unión de los cónyuges, que apunta claramente a algo más humano como es el amor.

En todo esto vemos que ha habido un desplazamiento del centro de gravedad del matrimonio desde una mera conservación de la especie a algo más espiritual, más personal, como es la unión de los esposos, de modo que esto es lo importante, sin menoscabo de que traer crías al mundo también lo sea.

Este modo de ver el matrimonio abre un nuevo panorama a casos como los de matrimonios que, por las razones que sean, no pueden tener hijos. No son matrimonios de segunda; su matrimonio no queda falto de realización ni de belleza porque no vayan a tener descendencia, ni debe entenderse que deban abstenerse de vida sexual. Deberán orientar su sexualidad de otra manera distinta a como lo harían si fueran hábiles para procrear. La ausencia de hecho del significado procreativo no obsta para que se muestre en todo su vigor el significado unitivo.

Volvamos a repetir la cita del Papa: “si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” ¿Debemos entender que ese “buscar al Señor y tener buena voluntad”, para alguien que sea homosexual de nacimiento (es decir, que constitutivamente es así), debe ser necesariamente no tener vida sexual?

Sobre este punto quiero hacer una precisión: Tener vida sexual no quiere decir tener una especie de salvoconducto moral-oficial para disfrutar egoístamente del placer sexual. Quien lo vea así no sabe absolutamente nada de lo que es el sexo y la vida sexual. La sexualidad, el acto sexual es una síntesis de amor, entrega y generosidad total, placer, disfrute y afán de disfrute de la pareja, éxtasis mutuo y coordinado en el que a la búsqueda del placer del otro se une un intenso placer propio. En una palabra, el acto sexual es Amor con mayúscula, Amor total que se da y que se recibe, y que produce una indescriptible felicidad en quienes se unen. Vida sexual es sinónimo de Amor, la vida sexual es Amor con mayúscula. No es extraño que Dios haya hecho algo tan maravilloso, no solo para asegurar la permanencia de la especie humana, sino sobre todo, porque nos ama. ¿En el supuesto de que la especie humana no sea enteramente heterosexual, cabe afirmar categóricamente que los homosexuales deben estar privados de vida sexual toda vez que forman parte de quienes no son hábiles para procrear? Dicho de otro modo, en el caso de que en la especie humana existan al mismo nivel dos tipos de sexualidades, la homosexual y la heterosexual, ¿Los homosexuales no pueden tener vida sexual cuando sin embargo tienen tendencia sexual, aunque sea una tendencia distinta de la que tienen los heterosexuales?

Evidentemente, todo esto supone poner en tela de juicio muchos postulados existentes hasta ahora sobre esta cuestión, pero me parece que no está de más planteárselo, sobre todo si tenemos en cuenta que para la mayoría de los seres humanos, que somos heterosexuales, es muy difícil, por no decir imposible, penetrar en la mente, los sentimientos, las tendencias, las emociones y la conciencia de cada persona homosexual de nacimiento. No los podemos juzgar. Nadie sabe lo que hay en su interior. Nadie sabe lo que para ellos significa el «buscar al Señor y tener buena voluntad” de los que habla el Papa. Vivir la caridad es no solo aceptar al otro, al prójimo, sino ponerse en su lugar, o al menos, intentarlo, y en todo caso no juzgarles si vemos en ellos comportamientos contrarios a los estándares morales teóricos.

No podemos olvidar que la Iglesia va avanzando a través de los siglos en la Caridad. En este sentido, puede ser uno de los signos de los tiempos actuales la consideración abierta y el planteamiento valiente de esta cuestión. No quiero decir con ello que con esto la Iglesia deba aprobar aberraciones o vicios, pero me parece que está claro que los homosexuales de nacimiento no deben estudiarse en el mismo saco que quienes practican la homosexualidad como un paso o una fantasía sexual más dentro de su vida de vicio.

La cuestión es amplia y con muchas derivaciones, pero quizá ha llegado el momento de planteársela, sobre todo a raíz del giro copernicano a la moral que ha planteado el Papa con su exhortación Amoris Laetitia. También puede ser de interés recordar algo que en tiempos pasados parecería heterodoxo, pero ahora suena bien: que Dios no nos quiere perfectos sino felices, que la vida cristiana no es un circo en el que lo que prima es el “más difícil todavía”, y que no se trata de sufrir más, sino de amar más, sin menoscabo de que el sufrimiento es piedra de toque del amor, pero no el único modo de amar.

Todo lo dicho, se supone, no debe entenderse como un “ancha es Castilla” o una justificación al “vale todo”, sino como algo a considerar desde una sincera búsqueda de la verdad y un positivo querer entender el mundo que nos rodea, en el que están nuestros prójimos.

Y junto con el deseo sincero de entender el mundo, debe estar el deseo sincero de entender el plan de Dios, porque no cabe duda de que, en su providencia, Dios tiene un plan. Un plan para todos, y un plan para cada uno, para los homosexuales también. Nadie queda fuera del amor de Dios. Todos estamos llamados a la santidad, como nos recuerda la Sagrada Escritura en la carta de San Pablo a los de la ciudad de Éfeso: “Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que seamos santos y sin mancha en su presencia por el amor”.

Efectivamente habrá quienes sean célibes por el reino de los cielos, pero los que de nacimiento o de modo adquirido no están habilitados para casarse, no quedan a la deriva en el plan de Dios; tienen importancia para Él. Ese plan de Dios para ellos es algo que lo tienen que descubrir ellos mismos mediante la oración personal y mediante los mismos medios espirituales que las demás personas heterosexuales, porque tan personas son unos como otros y la santidad es una llamada por igual para unos y otros.

Al hilo de cuanto vengo diciendo, me parece que hay una asignatura pendiente en la historia de la Iglesia: todavía no ha sido canonizado ningún homosexual, todavía no ha propuesto la Iglesia un modelo de santidad específica para aquellos que son homosexuales. Estoy convencido de que a lo largo de estos veintiún siglos ha habido muchos homosexuales anónimos que han alcanzado la santidad, pero no ha sido esa santidad públicamente reconocida por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad para todos los homosexuales. Todos los homosexuales que han alcanzado la santidad son actualmente venerados el Día de Todos los Santos, Uno de noviembre, de una forma anónima; pero falta un reconocimiento específico de esa santidad en algún homosexual concreto. Probablemente sea algo difícil de llevar a cabo, ya que quizá sea difícil dar con un modelo común de santidad homosexual, pues se trata de una cuestión que depende mucho de cada caso concreto. Pero qué duda cabe que es una laguna en la historia de la Iglesia.

Esto que acabo de exponer no es una exageración. El Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por San Juan Pablo II en 1992, expone en el punto 2359, de manera más concisa y precisa cuanto acabo de decir. Concretamente dice así: “Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana”. Evidentemente, el Catecismo, al hablar de “perfección cristiana” está hablando de “santidad”. Sin lugar a dudas, todo homosexual está llamado a la santidad, como los demás. Y cuando el Catecismo habla de “castidad” y de “dominio de si”, no necesariamente ha de entenderse “continencia total”, de la misma manera que tampoco se entiende así para el resto de los cristianos heterosexuales llamados al matrimonio.

Me parece interesante remarcar que las prácticas homosexuales, que aparecen reprobadas en la Biblia y también en el Catecismo de la Iglesia Católica deben entenderse como prácticas en las que el sexo viene practicado como un vicio, un vicio peor que el de la fornicación heterosexual, que al menos respeta la naturaleza humana mayoritariamente heterosexual. Lo diré de un modo bestia: Entiendo que irse de putas es menos inmoral que darse por culo con otro tío cuando quien practica lo uno o lo otro no es homosexual de nacimiento. Pero evidentemente es un error pensar que en estos dos casos se agota la casuística, a la vista de todo lo que hemos dicho. Me parece que con esta aclaración tiene pleno sentido el Catecismo de la Iglesia Católica, en el punto 2357: “Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

Se entiende que haya culturas que hayan rechazado históricamente de modo frontal las prácticas homosexuales. Sin embargo, es fundamental que culturalmente se logre imponer el discernimiento entre las tendencias y las prácticas, de modo que no se criminalice a quien tenga esas tendencias por el solo hecho de tenerlas o que no se distingan las prácticas homosexuales de los homosexuales de nacimiento respecto de quienes las llevan a cabo como vicio. En esto, como en tantas otras cosas, el cristianismo es pionero, pues su objetivo es, a la vuelta del tiempo, que triunfe socialmente un ambiente de caridad hacia los homosexuales no viendo en ellos seres apestados sino intentando entender sus peculiaridades, y en todo caso, viendo en ellos hijos de Dios.

En esto también el Catecismo nos ilustra claramente en el punto 2358: “los homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y si son cristianos, a unir al sacrificio de la Cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.

Me parece que he intentado discernir sobre esta cuestión. Decía al principio que los homosexuales tienen un problema. Es verdad. Tener sexo psicológico distinto del que socialmente se presupone que debería ser el fisiológico, es un problema. Pero no exageremos. Todo el mundo tiene problemas. Los homosexuales tienen ese problema y los demás tienen otros problemas. Y es a través de los problemas—cada cual los suyos—como Dios nos busca a todos. No hay que absolutizar las cosas; no hay que olvidar que Dios nos quiere felices y no hay razón para pensar que no quiera que sean felices también los que tengan esta tendencia. Lo que habrá que ver es el “cómo”. Antonio Moya Somolinos.