Recuerdo aquel día en el que Manuel, un veterano militante del Partido Comunista, hablando de política, me repetía una y otra vez que “la derecha siempre nos quiere divididos”. Era su particular versión del ‘divide y vencerás’, una especie de mantra en su argumentario con el que explicaba todos los males que suceden en la orilla izquierda del mapa político.

24 horas después de conocer los resultados electorales, la frase martillea mi análisis político del domingo: la derecha siempre nos quiere divididos, la derecha siempre nos quiere divididos… No me la quito de la cabeza cuando intento buscar una explicación al efecto Podemos.

eleccionesEl partido que naciera en un plató de televisión ha protagonizado una de las irrupciones más trepidantes de nuestra historia política. Hay que reconocerlo y es justo hacerlo, tanto como decir que historias de este tipo no ocurren por casualidad. Esta mañana oía en la radio a una dirigente de Podemos explicar que ellos habían hecho su campaña con “imaginación”. Yo diría que tener a Pablo Iglesias y compañía permanentemente en la tele durante año y medio, de imaginación tiene bastante poco.

Siempre existieron los pagos en especies. Siempre. En la formación morada presumen de estar libres de ataduras con bancos, y eso da calidad a nuestra democracia, pero de ahí a decir que han llegado hasta aquí -69 escaños- sin ayuda y con imaginación es ganas de quedarse con el personal. La publicidad es un bien codiciado para cualquier marca, pero sobre todo la publicidad es cara, muy cara, cuando se contrata a nivel de todo un país como el nuestro. Y si no que se lo digan a UPyD, pionero en la lucha anticorrupción y contra las cláusulas hipotecarias, un partido cascarrabias para la derecha para cuya liquidación inventaron Ciudadanos. ¿Hubiera salido Rosa Díez a las doce horas de cerrar los colegios electorales a pedir al PSOE que deje gobernar a Rajoy? Albert Rivera o el hombre de la marca blanca, sí lo ha hecho.

Pero volvamos a Podemos… Y por ser codiciada, la publicidad se regala y se acepta. Los fundadores de Podemos la han asumido con agrado desde primera hora, desde que la derecha vio que necesitaban de nuevas caras en la izquierda para dinamitarla desde dentro. Y así fue como un partido político llamado a perderse entre la amalgama de facciones de Izquierda Unida fue creciendo y creciendo al calor de palabras de tertulia.

El ideario de Podemos se lo hemos escuchado a la Izquierda Unida de Anguita hasta la saciedad. Sus mensajes anticapitalistas, antimilitaristas y a favor de una sociedad sin clases ya existían antes de los círculos, pero no los veíamos en las televisiones porque no les interesaban a quienes partían la pana en la comunicación. El batacazo de Rajoy se barruntaba desde hace tiempo por su inoperancia a la hora de marcar distancias con la corrupción, el PSOE tenía ya culminada su renovación generacional y el cambio en La Moncloa era una opción no descartable. Había que maniobrar rápido.

La solución consistió en mostrar a Podemos hasta en la sopa y moderarlo –bye, bye Monedero- en cuanto el agujero estuvo hecho en las filas socialistas. Estrategia conservadora puesta al servicio de la innegable habilidad política de los dirigentes podemistas. La división de la izquierda ganaba cuerpo, el sol volvía a salir para la derecha.

Y así estamos a 22 de diciembre. Esperando a ver a quién le toca el Gordo y comprobando cómo casi doce millones de votos entre PSOE, Podemos e IU quizás no sirvan para frenar a la derecha. Justo cuando más ilusionada y movilizada está la izquierda, gana la derecha. Las urnas se han llenado mayoritariamente de votos de partidos que abominan de los recortes y que se desgañitan por recuperar derechos y libertades, y sin embargo, seguirán gobernando los mismos. Curioso, muy curioso…

SALVA LORIGUILLO

Redactor. Aprendiendo de Andalucía.