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Un rastro color magenta recorre la nieve. Iñaki ha reptado diez, doce metros, hasta cobijarse en un entrante de la roca. La sangre procede de una hemorragia nasal, en la pierna no tiene herida abierta.

Su caída ha sido corta y se ha desplomado sobre una gruesa capa de nieve. La ruleta ha querido que sobreviva, que luche allá arriba solo, aterido y con un balón medicinal por rodilla.

Son los metros finales los que destacan al auténtico alpinista de entre la turba de escaladores.

La forma física se presupone, domingos enteros en el rocódromo, callos en las manos, afán de superación. Nadie rebasa los siete mil sin estar fibrado hasta la coronilla. Capacidad pulmonar, resistencia, tardes de sudor sobre la cinta del gimnasio.

También se da por sentada la disciplina durante el ascenso, comer sin hambre, beber regularmente por más que cueste fundir la nieve.

¿La motivación? Motivados subimos todos.

La diferencia está en conocer tus límites, en no entusiasmarte cuando todo va rodado ni hundirte cuando las cosas se ponen feas. Un paso tras otro, tener claro el objetivo sin obsesionarte con él: la cima.

Y, sobre todo, no confiarte cuando estás cerca, no bajar la guardia.

botas2014

“Hombre asturiano”. Mª Inés García Betoño (1º Premio)

Iñaki está hecho un ovillo dentro de su saco, relativamente resguardado de la ventisca que rasga el silencio. Sabe que debe permanecer sereno, que solo se trata de continuar despierto, aguardar paciente a que amaine la tormenta. Comida tiene suficiente. Tampoco cree que corra riesgo de desangrarse, su único enemigo es el frío. Poderoso frío.

Otros superaron situaciones más adversas.

¡La mochila vibra! Remueve el contenido hasta dar con el transmisor. Está entero. «Cómo puedo haberme olvidado del walkie». Iñaki toma conciencia de que la cabeza no le funciona como debiera, ya sea por la rabia o por el agotamiento mezclados con la escasez de oxígeno.

—Iñaki, aquí Idoia. ¿Me recibes? Cambio.

—Te recibo —logra articular Iñaki. La humedad se apodera de sus ojos. Percibe una lágrima resbalando por el pómulo, cómo se espesa, cómo el viento la cristaliza a media caída.

—Menos mal. ¿Cómo estás?

—Me caí. Tengo un esguince en la rodilla. Nada serio. Cambio.

—¡Bueno, chico! Hemos conseguido acampar unos cien metros más arriba de donde te perdimos. No podemos movernos más con la tormenta. Apenas escampe descendemos a por ti, ¿ok? —Idoia obvia decir que no logran comunicar con el campamento base. Suena firme, serena, su tono enmascara la angustia que sufre por su novio, lesionado, tirado sin protección a siete mil metros de altura.

—De acuerdo. Corto y cambio. —Hay que ahorrar batería.

—Te mandan abrazos Aitor y Jon. Estamos en contacto, amor.

Iñaki recupera la postura de defensa dentro del saco, se lo ha subido hasta la nariz para poder mirar a su alrededor. La oscuridad delata la caída de la tarde. Nieva con fiereza, deberá permanecer alerta para no quedar sepultado durante la noche. Tirita, siente dolor en la rodilla, pero la voz de Idoia ha amortiguado su soledad.

—No debimos seguir cuando le perdimos de vista, ¡joder! —reprocha Idoia a su hermano Jon.

—No teníamos elección, Idoia. No podíamos buscarlo sin visibilidad, nos hubiésemos perdido todos. Y no te puedes quedar parado en mitad del tormentón a verlas venir. Cálmate, anda, sabrá apañárselas hasta mañana, tiene suficiente experiencia con dos ochomiles a sus espaldas. — Jon palmea su hombro. Ella calla, harta de que los ochomiles sean la vara de medirlo todo.

Iñaki estira un brazo, hurga en la mochila hasta encontrar la bolsa de avellanas, las rumia con esa resignación con la que de pequeño tragaba el jarabe antitusivo. Le resulta penoso masticar, el frío agarrota el engranaje de su mandíbula, las mejillas están rígidas, acartonadas.

«La llegada del anticiclón hará subir el mercurio en el Golfo de Vizcaya». Piensa en la previsión meteorológica que escucha cada noche en casa, acurrucado bajo el edredón. Tiene el hábito de dormirse oyendo a la locutora de A Medianoche susurrando Dios sabe qué con su modulación cálida, relajante. Su simple evocación le produce sueño.

Algo vibra dentro del saco. Es el walkie de nuevo. Quizá haya dado alguna cabezada entretanto.

—Iñaki, ¿cómo sigues con tu pierna? — pregunta Idoia. Hay interferencias, pero Iñaki deduce el contenido de la pregunta.

—Pues me ha dejado de doler, la verdad es que… ¡no la noto!

—Iñaki, escúchame bien. Tienes que moverla y mantenerla caliente, ¿comprendes? —Idoia suena preocupada.

—Voy a intentarlo.

—Luego hablamos, cariño. Aguanta, que pronto amanece y estamos allí. Un beso muy fuerte. Corto.

Con las manos empuja el saco hacia abajo, hasta la cintura, entonces intenta flexionar las piernas para liberarlas. Allí comprueba que sí le duele la rodilla. Mucho. Levanta el tronco a pulso, con la ayuda de la rodilla buena hincada en la nieve. Agarrando los dedos a unas hendiduras de la roca helada logra incorporarse. Respira hondo antes de apoyar la pierna izquierda, aprieta los dientes al sentir un calambre potente, paralizante. No puede reprimir un alarido de dolor al avanzar un par de pasos. Lo importante es que no se entumezca más la rodilla. Vuelve sobre sus huellas, la oscuridad ya es total y no conoce el terreno, no quiere despeñarse otra vez ni desorientarse en medio del vendaval aullante. En cuanto regresa a su cobijo le grita a la tormenta sin importarle el derroche de energía ni el riesgo de aludes. Termina por meterse en el saco con una mueca de sufrimiento.

—Hijo, ¿no te gusta otro deporte? ¡Caray, juega al fútbol como los demás chicos! Tanto colgarte de las paredes no puede ser bueno. —Iñaki rememora las palabras de su madre cuando a los trece empezó a frecuentar el rocódromo. Luego vinieron las salidas al monte los sábados, seguidas del primer vivac, y este del primer ascenso al Pico Urriellu. O el refugio donde conoció a Idoia, aquella partida furtiva de cartas con el grupo excursionista de las Esclavas, al calor de la chimenea que chisporroteaba entusiasmo y hormonas. ¡Y los tipos duros del insti decían que donde se ligaba era de botellón y clubbing, que en la montaña no había más que cabras! Finalmente el gusanillo conquistó las entrañas de Iñaki, esa sensación que surge en el estómago tras coronar una cima, de regreso en casa, y que la comida no aplacará jamás.

Al gusanillo solo lo mata la siguiente expedición.

—La montaña, hijo, ¡otra maldita droga! —le espetó su madre cuando le anunció que partía en pos del primer ochomil. Una altura demasiado cercana al cielo para una madre creyente.

Otra vez el transmisor. La vibración dentro del saco arranca una sonrisa al rictus de sus labios, es como Diva ronroneando sobre el regazo, sentados en el sofá después de cenar, medio envueltos en la manta.

—Iñaki, ¿qué pasa, cuñado? Cambio —le pregunta Jon.

—Viviendo mi puto bautismo de hielo, ya ves —responde con voz temblorosa.

—No te preocupes, que no pasa nada, en unas horas estamos allí contigo. Estamos cerca, muy cerca. Oye, ¿cuánta batería te queda?

—Dos rayas.

—Entonces déjalo encendido. Te daremos toques cada hora, pero sin hablar, guardaremos el

resto de tu batería para localizarte mañana. ¿Estamos? Un abrazo.

—Conforme. Agur.

Mamá solía acompañar a Iñaki con un susurro por esa senda arcana que conduce de la vigilia al sueño, construía con palabras una coraza que lo protegería en su viaje nocturno por los dominios de Morfeo. El primer paso lo daban siempre al unísono con el consabido «Érase una vez». Ella desgranaba las palabras del cuento de turno despacio, una a una, a sabiendas de que el ritmo y la entonación marcarían la ruta hacia el sueño. Cuando los párpados cedían al peso de la noche, ella lo arropaba y le daba unas buenas noches que él ya no oía.

«Buenas noches hijo», escucha Iñaki. Se alarma: su madre ya no habla. Murió en otoño.

Iñaki, agnóstico hasta el arnés, se sorprende a sí mismo rogándole a Dios que lo mantenga despierto.

—¡Mierda! —grita a pleno pulmón, igual que cuando conduce solo y le entra la modorra. Ni con esas logra sacudirse el letargo, salir de un angustioso duermevela que le tendría sudando a chorros si el mercurio no anduviera agazapado por los sótanos. Nota calor en la mano sobre la que apoya la cara: su nariz gotea algo más de sangre. «No debí callarme lo de las plaquetas bajas del último análisis, ¡qué me costaba contárselo a Jon y aplazábamos esto!»

Vibra el walkie. Iñaki contesta balbuciendo palabras entrecortadas de auxilio. Le responden unos crujidos. A través de la densidad de las interferencias, de la madeja de ruidos sin orden ni concierto, le parece escuchar una voz apagada, lejana:

«Buenas noches hijo, hasta mañana».

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur