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¡Mirad! Ya está otra vez Castilla levantándose en armas, ya está desangrándose por la vieja herida de la sucesión. ¿Juana la Beltraneja o Isabel de Trastámara?

Cruces y espadas se alzan en las plazas. La lana y los arados hibernan como los topos; parece que nunca despertarán. Arden los hachones en las iglesias y los soldados más piadosos se arrodillan e imploran el favor de su Dios. Relinchan los caballos, brillan las armaduras y ondean los pendones. Por los caminos polvorientos se precipita la guerra.

En Segovia, los días del invierno son de cristal. Las torres se agigantan en el hielo y los árboles se transforman en grises esqueletos. La ciudad exhibe una condición más mineral que de costumbre. La lumbre que arde en el alcázar no consigue liberar a sus moradores del helor de un desasosiego que a cada momento se torna más lacerante y más lúgubre. Nadie duerme en palacio y menos aún la recién proclamada reina de Castilla.

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La batalla de Ceriñola. Javier Cabedo Parra (1º Premio)

 

Una reina sin ejército es una barca que zozobra en medio de la tempestad e Isabel es una reina mal pertrechada que navega en aguas procelosas. Es preciso convocar a todos los leales. ¡Que los fieles a la causa isabelina acudan a Segovia! ¡Que hagan valer lo pactado en la Concordia de Guisando!

Hace tiempo que Gonzalo Fernández de Córdoba regresó a su Montilla natal. En el sur, septiembre es un mes tibio que invita al disfrute; pero Gonzalo siente nostalgia de los recios días del otoño castellano. A pesar de las conjuras y del miedo que sintió por su propia vida, el joven guarda buen recuerdo de los días pasados en la corte como paje de Don Alfonso de Trastámara. Quien envenenó al infante de Castilla truncó la prometedora carrera militar de Gonzalo. Daños colaterales de un magnicidio que dejó a Castilla huérfana de descendiente varón.

Gonzalo no podrá labrarse el esplendoroso porvenir que soñaba, tendrá que conformarse con ser un segundón de la casa de Aguilar… Pero no está dispuesto a afrontar una vida anodina, a envejecer cultivando olivos y criando caballos en los que otros cabalgarán hacia la gloria. Su sangre es fiera, en ella se mezclan dos linajes: el castellano de los Aguilar y el aragonés de los Enríquez. Esa será la llave que le abra las puertas de la corte isabelina.

Amanece en Segovia. Las arboledas que marcan el curso del Eresma y del Clamores se incendian con el primer sol. Gonzalo contempla el paisaje. En una suerte de premonición se ve a sí mismo en lo alto de la torre del homenaje vestido con una refulgente cota de malla y ondeando la victoriosa bandera de Isabel.

Gonzalo encarna a la perfección los valores caballerescos preconizados por Diego de Valera. Ante las dificultades, siempre disciplina y virtud.

Monta con habilidad excepcional a la jineta y a la brida. No hay joven que maneje mejor la lanza. Ni el alfanje ni la espada guardan secretos para él. Las damas suspiran por la gallardía de su persona, por la riqueza de sus ropajes, por la elegancia de sus modales y por la viveza de su ingenio y de su lengua. Cuando su hermano, el primogénito de la casa de Aguilar, le recrimina la ostentación de la que hace gala en la corte y el desmesurado gasto que su actitud le acarrea, Gonzalo no se arredra y responde orgulloso: «No me quitarás, hermano mío, este deseo que me alienta de dar honor a nuestro nombre y de distinguirme. Tú me amas, y no consentirás que me falten los medios para conseguir estos deseos; ni el cielo faltará tampoco a quien busca su elevación por tan laudables caminos.»

En palacio suenan aires de guerra. Gonzalo pasea por la galería encristalada del alcázar y se embriaga con las gratas ensoñaciones de la victoria. Desde Montilla, el señor de Aguilar ha mandado ciento veinte caballeros y Gonzalo está dispuesto a capitanearlos hacia la gloria o hacia la muerte. No contempla otra opción. Se dice a sí mismo que sus hazañas resonarán hasta en los más insignificantes rincones del reino. Está convencido de que su nombre perdurará en la Historia

Piensa en Diego de Cárcamo, su preceptor, y, por un momento, siente una punzada de remordimiento. ¿No está cometiendo un pecado de soberbia? «Quien exhibe el plumaje de los pavos reales –le hubiera dicho su maestro– sólo consigue excitar la envidia y tentar a la muerte.» Pero él, un segundón destinado a la mediocridad, tiene que hacerse ver, alzarse por encima de los demás capitanes y demostrar a los monarcas que puede convertirse en un puntal de su reino.

Hubo un tiempo en que Gonzalo sintió la llamada de Dios y hasta pensó en retirarse a un monasterio jerónimo. «Los muros de este monasterio son sobrios y fuertes, buenos para albergar el cuerpo y el alma de cualquier monje y, sin embargo, incapaces de contener un cuerpo hecho para la cabalgada y un espíritu siempre inclinado a la guerra – le dijo el abad cuando lo recibió.» Sabias palabras las del jerónimo. Hubiera sido el peor de los monjes y, sin embargo, se considera a sí mismo el mejor de los caballeros. En Segovia, la corte le ha aplaudido y ha loado sus habilidades militares. No se cansan de repetirle que es el Príncipe de la Juventud. Será en el fragor del combate donde Gonzalo se labre fama y fortuna.

Certero refrán el que dice que el hombre propone y Dios dispone. La Guerra de Sucesión transcurre sin pena ni gloria para Gonzalo. Se desanima. Sus ilusiones le parecen vanas, más cercanas a las de un fantoche de feria que a las del gran caballero que creyó ser. Su condena es la de ser el eterno segundón en todo lo que emprenda. En la batalla de Toro, han sido otros los que se han alzado con los laureles de los héroes y con el favor de los monarcas.

Los partidarios de Juana la Beltraneja han quedado relegados a las Extremaduras. Gonzalo ha recibido la orden de subordinarse al maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas, y acabar con los reductos enemigos. Es la última oportunidad que tiene para demostrar su valía.

A solas en la noche, tendido en el camastro de campaña, Gonzalo añora los inmensos campos de olivos y la sensualidad que palpita en el aire de Córdoba. ¡Qué lejos quedan aquellos días de infancia y adolescencia! Recuerda a las mujeres con las que ha yacido y sueña que regresa a Montilla, a una vida campestre y a la paz de los viejos muros de la casa de Aguilar .Los gritos de una pelea entre soldados lo arrancan de su placentera ensoñación. Ya no tiene sueño. Piensa ahora en el combate que se librará mañana. Más penetrante que el frío de la noche de febrero es el veneno del miedo. No es la primera vez que lo siente; pero nunca le había parecido tan intenso. Todo en su mente son presagios de muerte y mutilación. Se incorpora de lecho y sacude la cabeza. Necesita liberase de las sombras. Sale de la tienda. La noche es fría; pero las estrellas brillan intensamente. «Soy mortal y he nacido para morir un día– piensa–. No importa que ese día sea mañana. Pero, si mi vida se acaba, quiero que sea brillando como esas estrellas, con honor para mi persona y para la casa que represento.»

Todo está preparado para la lucha. Gonzalo viste de púrpura. Sabido es que es el color de la grandeza, de la sabiduría y de la justicia. Su armadura refulge y su yelmo, coronado por un gran penacho, le hace inconfundible.

El río Albuera se ha convertido en el tablero de ajedrez donde se librará la batalla. La caballería, escalonada en tres escuadrones, carga de frente. Eso favorece la fuga de los peones y el lucimiento personal. Ahí está Gonzalo, el joven capitán, el guerrero más aguerrido de cuantos luchan por la causa de Isabel.

Los reyes escuchan de labios de Alonso de Cárdenas la crónica de la batalla del Albuera. «Adonde miraran mis ojos, siempre se topaban con el brillo de la armadura de Fernández de Córdoba– dice el maestre de Santiago para referirse a la bizarría demostrada por el capitán en el campo de batalla».

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur