imagen la llamada terrorífica

Despertó en mitad de la noche, aterrorizado. Con los ojos abiertos en la oscuridad intentó, perturbado, captar algo de luz. Su corazón latía con fuerza, y su respiración entrecortada le hizo, como acto reflejo, llevarse su mano al pecho. Tiritaba al abandonar el lecho a causa del sudor que ya enfriaba su piel. O por pavura.

La pluma temblaba en su mano al tiempo que dibujaba notas en el pentagrama con desesperación. Silencios intensos marcando síncopas que reforzaban los tiempos. Las líneas de separación bien marcadas sin dar lugar a duda. No iba a permitir que nadie se atreviera a cambiar ni una de sus frases. Miedo, rabia, furia era lo que brotaba de sus dedos y no dejaría que se malograran.

Hojas numeradas en su margen derecho con signos romanos, caían al suelo tura a una. Sin revisar, sin rectificar, ni siquiera sin intentar limpiar los borrones provocados por las gotas de tinta húmeda. Su alma las había oído con claridad y les dio el visto bueno. Escribía, y lo hacía narrando de la única manera que sabía, con sonidos. Ruidos medidos. Estallidos bien perfilados. Sentimientos a los que, como el maestro afilador, sacaba punta hasta un final indefinido.

Terminado el primer movimiento, y con el ánimo desbaratado, se arrodilló recogiendo lo escrito dispuesto a sosegar su ansia. Da Capo. Oía los fortes, los sostenutos y los legatos a medida que leía la orquestación. Los sonidos brotaban organizando el espacio. Los bajos gritaban, los violines acompañaban la desesperación a la vez que el resto de cuerdas les hacían el coro. Un oboe pedía clemencia, las cuerdas la rechazan. El corazón se aceleraba. Volvió a situar su mano en el pecho; signo inequívoco de que la pesadilla se había transcrito.

Los metales no daban tregua, la percusión, del lado de los fuertes, acrecentaba la furia aclamándola como vencedora.

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“La cuerda”. Javier Jimeno Maté (1º Premio)

La intensidad y el esfuerzo empleado acabaron tumbándolo exhausto en el suelo. Un rayo de sol se atrevió a hacerle saber que los peligros de la noche habían desaparecido. Otra vez empapado por el sudor, recogió su trabajo dejándolo sobre el piano.

La mano del director golpeaba el aire con furia. Los instrumentos seguían sus movimientos marcando los tiempos. La sala se inundó de sonidos. La Filarmónica de Berlín vibraba con cada frase, con cada compás. Los músicos, llevados por su entusiasmo, hacían ademán de levantarse en cada golpe de staccato, de sforzando o de marcato.

— ¡No, no, no! —gritó el director.

Todos se detuvieron. Atentos, expectantes a los motivos del enfado del maestro.

— ¿Acaso nunca han interpretado este movimiento? ¡Da capo!

La irritación del director era manifiesta. Cogió la batuta, y sujetándola con fuerza, levantó los

brazos, marcó el primer tiempo. Los bajos sonaron fuertes, con tres efes, como marcaba la partitura.

— ¡No, no, y no!

El director lanzó con rabia su batuta hacia los músicos, bajó de su entarimado y se dirigió hacia la salida del escenario. Uno de los profesores que tocaba el oboe recibió el impacto en toda la cara marcándole la frente con un rasguño. Los compañeros de alrededor fueron en su ayuda. El resto permaneció en silencio.

Al cabo de unos pocos minutos, largos para la orquesta, volvió el director. Desde su tarima observó a los músicos, pidió perdón y se interesó por el estado de la víctima de su enfado que, con un gesto, restó importancia al hecho.

— Beethoven ideó estas cuatro notas como una llamada. La llamada de la muerte anunciando su presencia. ¡Imagínense el pánico que sentirían si sonaran en su puerta!… Sientan ese miedo, esa… ¡desesperación, ese tormento! Y acentúen cada nota, ¡cáguense encima! Y cuando lo consigan estarán en consonancia con el autor. ¡Da capo!

Levantó su dedo, miró a los músicos, y marcó con fuerza. Los bajos inundaron la sala de ensayo.

El maestro, eufórico, detuvo a los intérpretes.

— ¡Sí, así se hace!

Y continuó:

— Nunca lo olviden. ¡Ah! Cinco minutos de descanso. Aquí huele mal.

Dos horas antes del concierto, en un plató de televisión, el director contestaba a las preguntas de un periodista que no contenía las ganas de aumentar su audiencia.

—…y siendo la primera vez que dirige a una orquesta tan importante como La Filarmónica, ¿cómo se ha sentido en los ensayos?

Una pequeña mueca en la cara de su entrevistado le dio pie a ahondar el dedo en lo que creía una herida; con una ironía cargada de pólvora buscó el estallido.

— Tengo entendido que hubo momentos tensos, ¿no es así?

— Interpretar una obra, tal y como quiso el autor que se hiciera, es difícil cuando está muerto.

En el conservatorio nos enseñan a meternos en la piel del creador estudiando su vida y milagros, cómo la vivía y por qué, para que cuando toquemos las notas que él plasmó en un papel sintamos su presencia y su aprobación…

Tras un breve instante, en tono calmado, y arrastrando las palabras:

— A veces ocurre que la monotonía del trabajo hace que no se le dé la importancia que se debe.

— No ha contestado a mi pregunta… maestro.

— Yo creo que sí, y ahora deberá perdonarme; tengo un concierto que dirigir.

Y levantándose de su silla acabó con la entrevista.

El auditorio se encontraba abarrotado. Musicólogos, entendidos, periodistas y críticos melómanos, mezclados con aficionados, curiosos abonados solo por mantener una reputación, y estudiantes que tomaban como parte de su aprendizaje acudir a los conciertos. Todos inundaban la sala llenando de expectación el recinto.

Los músicos salieron al escenario ocupando sus lugares. Se inició entre el público un tímido aplauso que fue desbordándose hasta convertirse en caluroso. Las luces desfallecieron quedando sólo las del escenario. El director apareció en escena. Toda la orquesta se levantó dando así su saludo.

Se hizo el silencio. Los instrumentos preparados, los ojos de todos los profesores fijos en el maestro esperando el ansiado momento del comienzo. El director levantó los brazos y marcó el primer tiempo.

Cuatro notas hicieron temblar todo el auditorio. Cuatro sonidos intensos, firmes y trágicos.

Los críticos, en la oscuridad de la sala, buscaban algún tímido reflejo de luz con el que tomar las notas necesarias para escribir esa misma noche su artículo, que sería publicado al día siguiente. Sin pudor alguno, las lágrimas de los aficionados resbalaban por sus rostros. Los estudiantes, futuros músicos, temblaban ante la impresionante interpretación; ninguna clase, ningún profesor les habían hablado de lo que allí estaban oyendo.

Acabada la obra, los músicos no separaron sus instrumentos de su cuerpo hasta que el maestro, su maestro, que había quedado inmóvil con los ojos cerrados, no levantó la cabeza y lo vieron respirar profundamente. En ese mismo momento la sala rompió en un clamoroso y atronador aplauso. El público en pie aclamaba la dirección y la interpretación de la orquesta. El director, sonriente y sin darse la vuelta hacia el respetable, miro a los músicos uno a uno. Ellos, pendientes, le oyeron, a duras penas, cómo les dirigía unas palabras antes de darles la orden de que se levantaran para corresponder a los aplausos del público.

— Tengan ustedes por seguro que Beethoven ha estado entre nosotros.

Las luces se apagaron, el auditorio debía quedar en silencio, olvidado y solitario hasta el próximo concierto. Pero en el escenario se oyeron unos pasos, tranquilos, recorriendo el espacio que antes ocuparon los músicos.

— ¿Ves cómo a veces merece la pena plasmar una pesadilla? ¿No crees que aquí se haya vuelto a vivir?

— Un sueño, Ludwig, un sueño—contestó sin abandonar la guadaña su acompañante—, y sí, lo he vuelto a revivir.

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur