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El doctor Redondo Quintana se aburría en el parque. Hacía tiempo para ir a cenar con unos amigos, pues no quería llegar a la casa del anfitrión antes de la hora citada. Recordó que en un rincón del predio funcionaba una feria de libros usados y antiguos, y se acercó. Una veintena de puestos de chapa pintados de verde se alineaban contra la medianera perimetral.

Más allá, la megalópolis capitalina continuaba con sus torres. Aún se notaba movimiento, corría marzo, mes de comienzo de las clases, y muchos padres con sus hijos iban y venían consultando por textos escolares. El doctor no pensaba comprar nada, hacía mucho tiempo que la literatura había dejado de interesarle (solamente movía su biblioteca cuando necesitaba consultar alguno de sus libracos de jurisprudencia ante alguna duda sobre el caso en el que trabajaba. Los anaqueles que decoraban las cuatro paredes de su estudio contenían volúmenes de derecho o publicaciones meramente decorativas, interminables enciclopedias compradas en subastas por el color del lomo, para hacer juego con los muebles).

En fin, ahora los minutos pasaban más rápido. Se entretenía. El doctor se acercaba a los puestos, elegía alguna batea al azar y pasaba veloz con dos dedos las filas de libros, de atrás hacia adelante, observando el nombre del autor. De un cajón de plástico etiquetado como «Poesía clásica» recuperó algunos títulos que poblaron sus lecturas de la adolescencia. Se preguntó qué habría sido de esos libritos que atesoraba en su cuarto de su casa materna. Sacó cuentas mentales: habían pasado casi cuatro décadas, si parecía otra vida. Siguió avanzando por el pasillo de la feria, que atravesaba la manzana todo a lo largo, conectando la avenida con la calle adyacente. Se acercó a uno de los últimos puestos. Allí el librero, un viejo gordo y barbudo que, con su saquito colorado, se asemejaba bastante a la figura del Papá Noel de la Coca Cola, empezaba a guardar las bateas dentro del cubículo. Al doctor no le importó que el hombre estuviera cerrando. Empezó a revisar una batea de poesía, a ver si sus tapas le despertaban nuevas remembranzas. En ese juego estaba cuando sus dedos se congelaron ante la aparición de un librito fino y amarillento. Se titulaba «La plática de los cánidos». Un segundo antes o menos (cómo medir estos flujos cerebrales) de fijarse en el nombre del autor, el doctor Redondo Quintana entrevió la parodia en la frase, la torpe provocación de un adolescente. Pudo reconocerse. Claro, encima del título estaba impreso su nombre.

La anagnórisis fue completa y brutal. A los 15 años de edad, y estimulado por sus compañeros de un taller literario, el doctor se había hecho publicar en una imprenta de barrio cien ejemplares de un poemario que había leído en uno de los encuentros del grupo. El coordinador del taller había tratado en vano de disuadirlo, pero él había sido tan impulsivo como el resto de los jóvenes del grupo, y había corrido a la imprenta con los borradores apenas trabajados. Y ahí estaba, muchos años después, uno de esos cien ejemplares, como prueba irrefutable de su pecadillo de juventud. El doctor sacó el libro de la batea y lo hojeó pasando las páginas por el canto con la yema del pulgar, todavía aturdido por el hallazgo. A decir verdad, la edición era una plaquette, ya que tenía en total veintiocho páginas. Tamaño de bolsillo, tapas de cartulina marrón (se lo había sugerido el imprentero para reducir un poco más los costos) con el perfil en blanco y negro de dos perros que parecían dialogar. Diez poemas en verso libre. Sin prólogo ni datos de contratapa sobre el autor. Pero allí estaba su onomástico completo como evidencia irrefutable: «Jorge Osvaldo Redondo Quintana». Se arrancó de la fascinación y giró, buscando al librero. El hombre, a medio metro, lo aguardaba de brazos cruzados: sólo le restaba meter dentro del sucucho el cajón que el doctor revisaba para poder bajar la cortina y mandarse a mudar de allí. El abogado le alcanzó el librito. «Lo llevo», le dijo. El librero le pegó una mirada y anunció: «Quinientos pesos». El doctor se petrificó en el acto de sacar la billetera del bolsillo de su pantalón. «¿Cuánto?», preguntó. El librero suspiró y explicó que era una edición agotada. Un inhallable. De allí su precio tan elevado. El jurisconsulto no traía tanto efectivo con él. Estuvo por argumentar que al autor era un completo desconocido; pero ¿y si el librero lo reconocía? Para salir del impasse le dijo:

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Fascinada. FOTO: Antonio Atanasio Rincón (1º Premio)

«Resérvemelo, por favor, que mañana a primera hora paso con el dinero». «No hay problema», dijo el otro a desgano. Arrojó el ejemplar dentro de la batea y se adelantó para cargarla, obligando al abogado a dar dos pasos hacia atrás. Cuando ya se iba, preguntó: «¿A qué hora abre?». «A las cinco», informó la voz el librero desde adentro del puesto.

Redondo Quintana regresó sobre sus pasos hasta la avenida y detuvo un taxi. En el viaje hasta la casa de su amigo calculó que, aunque fuera difícil que el libro trascendiera en los medios de comunicación, lo mejor sería tenerlo lo antes posible para quemarlo. Es que el jurisconsulto era una persona conocida tanto en el ambiente de los tribunales como en el de la farándula. Había defendido exitosamente a un famoso actor en un juicio por uxoricidio que tuvo mucha prensa. El caso, que lo había llevado en varias oportunidades hasta los programas de chimentos de la tevé nacional, le había dado a él, al abogado defensor, cierta exposición mediática. Esto había ocurrido hacía casi una década. El doctor chasqueó los labios, contrariado. El conductor lo miró por el espejito retrovisor interno, creyendo que su pasajero lo había chistado. Era claro que no: el hombre, elegantemente vestido con un traje caro, hablaba consigo mismo. Se moría por comentar el hallazgo con alguien, pero se prometió mantener la boca cerrada ante sus amigos. Nunca se sabía…

Al día siguiente Redondo Quintana salió de su casa cerca de las cuatro de la tarde y caminó las quince cuadras que había hasta la feria. Llegó temprano, así que eligió un banco del parque que le permitiera ver la llegada del librero, y se sentó a esperar. Desde la noche anterior el asunto había puesto su maquinaria paranoica en funcionamiento. Era obvio que el comerciante sabía quién era él. Si no, qué sentido tendría vender tan caro una edición de autor de nulo mérito literario, por más que fuera inhallable. Notó que la zoología de la feria había cambiado: los padres de familia le habían dejado su lugar a filatelistas, coleccionistas de discos y, quizás, hasta a algún lector de verdad en busca del tesoro perdido. Recordó el título y volvió a malquistarse consigo mismo. A la tontería de querer parodiar al gran Cervantes, estaba también la elección de esa palabra, «plática». ¿Si por allí no se usaba, por qué no puso «charla», o «conversación»? Tal vez, reflexionó, fue por culpa de la influencia de las series de tevé yanquis con doblaje mejicano, tan populares en la televisión de aquellos años.

A todo esto se habían hecho las cinco y cuarto y el librero no había aparecido. Ansioso, el doctor se acercó a la feria. Los puestos vecinos estaban abiertos. En el de la derecha, una mujer tejía apenas asomada por sobre el mostrador. El abogado saludó con amabilidad y le preguntó si no sabía a qué hora abría el puesto de al lado. La librera levantó un segundo la vista de las agujas y negó con la cabeza, volviendo de inmediato a lo suyo. Probó suerte con el vecino de la izquierda. Más sociable, este puestero tomaba mate sentado en una silla que había instalado en el pasillo. El abogado saludó y le preguntó sobre su vecino, «un señor que se parece a Papá Noel». El hombre se rió con la comparación. No, don Antonio hoy no vendría, pues era el cumpleaños de su nietito, lo anotició. Redondo Quintana no supo qué pensar, desconcertado: «Pero si ayer me dijo que hoy abría…». «Se habrá olvidado, Antonio es bastante descocado…», reflexionó el comerciante, risueño. Se cebó otro mate de un termo que apoyaba en el suelo y agregó: «Pásese el martes a la tarde, don, es lo más seguro».

El jurisconsulto saludó y se volvió a su casa con la cabeza a mil revoluciones. No. Ese desencuentro no era nada bueno para sus paranoias. Durante todo el camino imaginó mil conspiraciones urdidas para destruir su reputación esgrimiendo sus poemitas como estiletes.

Durante esos dos días de espera trató de distraerse con sus obligaciones. Fue difícil, pues ya estaba virtualmente retirado de su profesión, y aún no había buscado alguna afición que lo entretuviera de sus múltiples obsesiones. La tarde del martes intentó dormir una siesta, pero no lo consiguió. Cuatro y media, se tomó un taxi hasta el parque. Esta vez hizo tiempo, mientras aguardaba a que llegara Papá Noel, revisando la mercadería del librero vecino, el amable, por supuesto. «¿Buscaba algo, doctor?», le preguntó el puestero de repente, desde adentro del cubículo. Redondo Quintana quedó desconcertado, asimilando la manera como lo había llamado. ¿Acaso un doctorado en jurisprudencia se veía en la cara? Lo tomó como un apodo amistoso, a veces a los hombres bien trajeados como él se les decía, como cumplido, «doctor». «No gracias, estoy haciendo tiempo hasta que llegue su colega», dijo el abogado.

Por la entrada de la avenida, al fin vio aparecer a Papá Noel. La mochila que cargaba le daba un aire juvenil que contrastaba con su barba canosa. Empezó a quitar los candados de la cortina de chapa. El doctor repasó por enésima vez los lomos del puesto vecino. Cuando el barbudo desapareció dentro su cubículo, se acercó. «Venía por su librito, doc», le dijo de repente el barbudo, en un tono jovial que descolocó al jurisconsulto. Redondo Quintana se dijo «estoy frito». Ahora no cabía duda: ese posesivo, «su», quería decir que el comerciante estaba al tanto de todo. El abogado asintió con la cabeza. «No lo busque porque me lo llevé a casa», agregó el librero en tono despreocupado. El doctor, asimilando el golpe, preguntó por qué. «Porque es una joyita, doc. Un incunable por la buena cuna del que lo parió», y aquí sonrió Papá Noel, como si el chiste fuera parte de una venganza bien guionada. Después agregó, mientras iba sacando los cajones con sus libros al pasillo: «Lo publiqué en Internet, para los coleccionistas, ¿vio?». Redondo Quintana se quedó silencioso unos minutos, viendo al puestero ir y venir. Cuando el otro se quedó quieto, detrás del mostrador, le dijo:

«Ofrézcame un precio, y yo se lo pago. Usted se imaginará el valor sentimental que tiene para mí ese librito…». El comerciante pareció meditarlo. Al fin dijo: «Déjeme un teléfono y, si no hay oferentes, le hago un precio esta misma noche». El jurisconsulto sacó sin dudarlo una tarjeta de presentación, de las que traía, ya amarillentas, en el bolsillo interior de su saco, y se la alcanzó por sobre el mostrador. El otro la miró un momento y se la guardó en el bolsillo de su camisa. «Listo  ̄dijo el barbudo ̄, esta noche lo llamo”, y a modo de despedida le tendió la mano, sonriente. Al regreso, el doctor pensó en sus ex matones de sindicato. Eran dos, y hacía mucho tiempo que no los contrataba para que «apretaran» a algún enemigo molesto. Ya estarán retirados, se dijo. Pensó en ellos porque comprendió que ese comerciante estaba jugando con él, o más bien con su imagen pública. Y se merecía que le pegaran un buen susto en alguna esquina mal iluminada. Negó con la cabeza. Era mejor seguirle el juego y esperar.

Esa noche el llamado telefónico no ocurrió. Sí al otro día, cuando el abogado ya se vestía para regresar a la feria. La voz del librero sonaba amistosa. Fue derecho al grano: un coleccionista le ofrecía dos mil pesos. ¿Él cuanto ofrecía por el «inhallable»? Hubo un silencio espeso en la línea, mientras Redondo Quintana pensaba un número. «¿Dos mil quinientos le parece bien?», propuso al fin. «Regio», respondió de inmediato la voz cascada de Papá Noel. «¿Sabe?, me gustaría tenerlo hoy», sugirió el abogado. «Si me paga el taxi se lo llevo en unas horas, antes de abrir el puesto», propuso el librero. «Deme su dirección y salgo yo ahora mismo para allá», contraatacó el abogado. Ahora el silencio de duda se hizo en el otro extremo de la línea. Por fin se escuchó al comerciante decir: «Cómo no, pero mire que vivo lejos, ¿eh? El taxi le va a costar una fortuna». «La plata no es problema», acotó el jurisconsulto, tratando de reconstruir un poco su ego vapuleado. Tomó nota de la dirección y le dijo al librero que ya salía para su casa, que lo esperara.

El puestero vivía en un caserón antiguo de un barrio del sur de la ciudad, zona que el abogado pisaba por primera vez en su vida. Cuando el taxista estacionó, el doctor le pidió que lo esperara. Tocó un timbre que resonó lejano y algo tenebroso en la acústica de esos cielorrasos altísimos. Papá Noel salió a la vereda en jogging y camiseta. Le ofreció la mano y lo invitó: «Pase, doctor, así arreglamos números tranquilos». El jurisconsulto siguió al librero a través del zaguán hasta una habitación. Dentro descubrió estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes. Sobre los anaqueles, alineados, había innumerables estuches plásticos de video cassettes. El librero sacó uno, lo abrió y apareció el ejemplar de «La plática de los cánidos». Mientras Redondo Quintana le alcanzaba los billetes, el comerciante acotó: «Más caro que hijo bobo, ¿eh?». El doctor, en lugar de festejar la ocurrencia, preguntó, señalando con una mano los estantes: «¿Todas ediciones agotadas?». «Ajá  ̄acotó el librero: ̄ inhallables, sólo para coleccionistas o inversores». De repente su cara esbozó una sonrisa. Sin decir palabra, se acercó hasta una estantería, agarró otro estuche y de adentro sacó un librito tan efímero y endeble como el que el abogado tenía en su mano. «Mire qué maravilla, doc», le dijo el barbudo, alcanzándoselo. Eran cuentos eróticos (así lo declaraba la tapa) escritos por el actual secretario de cultura de la nación. El jurisconsulto hizo un gesto de asombro bajando las comisuras y moviendo la cabeza de arriba a abajo. Mientras lo regresaba a la estantería, el librero preguntó con tono despreocupado: «¿Lo conoce al licenciado Noriega?». Redondo Quintana negó en silencio, moviendo la cabeza esta vez de lado a lado.

Salieron. Antes de despedirse el abogado preguntó, señalando el libro que traía la una mano: «De éste, no tiene más, ¿verdad?». El otro dijo que no; pero acotó: «Aunque nunca se sabe…». En el taxi que lo devolvía a su casa el jurisconsulto se dijo que lo más importante ya estaba hecho: sabía dónde vivía el librero. Pensó que ni bien llegara a su casa debía llamar urgente a su amigo, el pelado Noriega. Además de anoticiarlo sobre el hallazgo, le sugeriría que, entre los dos, algo tenían que hacer.

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur