cordoba 1514

Al muy magnífico don Pedro Fernández de Córdoba y Pacheco, cristianísimo Marqués de Priego por gracia que Nuestro Señor dio a V.M., señor de Montilla y Aguilar, y alcalde mayor:

En la muy noble y leal ciudad de Córdoba, en viernes veinte del mes de febrero, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos y catorce, justo es que responda sin tardanza vuestra misiva para dar fe y testimonio de los hechos sucedidos entre el octavo y noveno día del mes y en los que tuve formada sospecha de haber trabado conocimiento con el mismo diablo. Y es como sigue. Que en la noche del primer día de hechos llegaron a mi casa varios hombres formando algarabía, y me reclamaron como alguacil menor no queriendo atender a otra razón. Al ser noche cerrada y para acallar sus protestas, cubrime y acudí con ellos a una casa que dista diez varas de la plazuela de los Armentas. Allí tenían retenido a un hombre anciano y la su boca amordazada con rasgón de tela para que, según dijeran, no invocase al diablo, pues lo tenía escondido. Mandé que me dejaran y sólo uno quedase de los denunciantes. Y quité el paño de la boca del viejo, pues era menester que pudiera defenderse para arreglar el asunto. El que quedó dijo ser calderero y que el viejo llevaba de nombre Abel Hernán y era converso hijo de judíos y que era esa su casa. Y acusó al converso de esconder oro y de haber pagado al padrino de su bautismo para tomar su apellido. Era de ver en lo humilde de la casa que aquel Abel, por negar a su otrora dios o no ser querido por el nuevo, tenía poco pan que llevar a la boca. Contó el calderero que vieran dos semanas antes entrar al converso con un hombre desnudo y sin cabello, con la piel sucia, que lo cubría un manto y que algunos vecinos decían que llevaba dibujos en el cráneo e incluso en la cara. Y no había dejado la casa del converso, cosa que otros podían confirmar. Y es sabido que si un judío se convierte, no así su casa, que ha de ser sanada con agua, vinagre y sal, y fue de la casa de donde empezaron a surgir en las noches gritos y quejas, más de bestia que de hombre. Esa última noche había tenido más que de costumbre y los vecinos llamaron a las puertas y pues los gritos subían entre algunos la echaron abajo y encontraron todo oscuro como guarida de lobo. Y antes de que pudieran alumbrar el angosto zaguán, abalanzose sobre ellos una forma humana e hirió a dos. En su terror algunos huyeron y protegiéronse otros como pudieron. Apareciose ahí el dueño de la casa y se interpuso entre ellos y la bestia y ésta retrocedió bramando y se internó en la casa. Los convecinos, no queriendo avisar al Santo Oficio porque no fuera a encontrar también en ellos cuentas pendientes, amarraron al anciano y recurrieron a mí. Cuando llegué, ninguno había pasado del zaguán donde lo tenían amordazado. Allí mismo hice llamar a escribano y a mis hombres para que registraran la casa, porque aquel Abel Hernán, nada más liberado, se echó a rodillas frente a mí pidiendo que le llevara, pero que no hiciera daño a aquel ser. Y los vecinos reunidos fuera eran ya numerosos y varios gritaban que allí moraba el diablo. Y, como verá vuestra merced, no les faltaba razón.

 

RISAS

“Risas”. David Tejerio Osorio (1º premio)

En llegando escribanía, hice traer un asiento que llevaron de otra casa. Cerré y comencé unas preguntas de las que queda prueba en los archivos de la corregiduría, mas diré aquí lo esencial. Respondió el acusado que se llamaba Abel, que nada había entregado a cambio de su apellido, que iban más de veinte años convertido, que no seguía otra fe que la cristiana y que yendo a ver a un hermano encontró en una calleja aledaña al portillo de San Francisco a un hombre desnudo que yacía encogido sobre sí, como animal recién parido. Se acercó por preguntar si había sufrido herida o robo, mas aquel nada contestó, aunque temblaba de frío. Apenas estaba amanecido y ya notó que la su piel no era común. En su espalda había partes que creyó quemadas, oscuras y hasta negras, y se quitó el manto y cubrió al hombre. Y no vio en él herida alguna, pero sí notó que estaba como fuera de sí y hablaba cosas sin sentido. Le ayudó a levantarse y lo llevó a casa sin más intención que asistirle y avisar a sus parientes. Y llegando a este punto he de pedir a vuestra merced que ponga confianza en mis palabras, pues lo que aquí diré extrañará a vuestro conocimiento del mundo y a la idea que tenéis de él. Arribados mis hombres mandé que buscasen en la casa, aunque el converso rogó que no lo hicieran por temer daño para ellos. Yo les mandé defenderse si era caso necesario, pues los hablares de los vecinos bien les habían amedrentado. Pedí que siguiese su relato y dijo que había llevado al hombre a casa y lo había tendido en su lecho propio. Y en esto aquel hablole como en delirio y en alta voz, y sus palabras despertaron en Abel recuerdo pasado, pues reconoció lo que decían, y porque las conozcáis aquí las escribo, aunque sea lengua de los que dieron muerte a Nuestro Señor: anim dsmirot veshirim eerog. Y también: ki eleja nafshi ta arog. Le pregunté qué significaban y contestó que era antigua oración que por siglos se había escuchado en esta ciudad antes de que la Sinagoga fuera Hospital y sus moradores echados lejos. Y me juró que él llevaba años sin repetirla, y que al oírla pensó en avisar a la autoridad, pero el pobre ardía como si el infierno habitara en su frente. Así quiso denunciarlo antes de que algún vecino creyese mal, pero su hija pidió que esperase a que el hombre sanara, que sin duda deliraba por la fiebre y poco duraría si no quedaba en casa, porque nadie pagaría para él un cirujano. Quise yo preguntar por la hija, pero al momento oí gritos allende el pasillo. Reconocí las voces de los míos, mas antes de que yo pudiera levantarme, el converso se lanzó allá. Seguí las voces y el brillo de las teas, sin que mi curiosidad hiciera ceder un punto a la prudencia que es honor de mi cargo. Lo que descubrí al final del pasillo fue una tela corrida y más allá a los de mi guardia que proferían insultos y amenazaban con hierros y fuego a la sombra que se movía tras una muchacha en camisón blanco. Ella lo protegía y gritaba que nada le hicieran porque aquel no había causado daño y no entendía lo que le pedían. Debía de ser la hija de Abel Hernán, porque al punto éste se puso a su lado y acompañó su súplica. Más por miedo a los de fuera que a la bestia, pedí silencio a los míos e hice que guardasen la puerta. Poco tardaría en llegar el Santo Oficio, por lo que dispuse explicarme al converso. O había calma o la causa estaría fuera de mi mano. Él mismo apartó a su hija y acercó al jergón al ser, que andaba como débil y agotado. Ahí pude ver su cuerpo bajo la luz de la tea. Incluso encorvado era como hombre y medio. Sus gruesos brazos bien juntaban dos palmos y los músculos tensaban la piel como si fuera a quebrarse. Llevaba un calzón cosido con tela de costal y el resto del cuerpo a la vista, que era cosa de mal sueño. La piel no era clara ni oscura, sino de muchos tonos, como hecha a retales. Parecía que gentes del sur y del norte hubiéranse juntado en él, porque cuando miré su rostro no me recordó a nadie y me recordó a gente que conocía, pero también, vuestra merced me perdone, encontré en sus facciones a los que vi morir en guerras pasadas y yo mismo maté. Y en su piel había signos grabados como en fuego. Había medias lunas y manos abiertas, estrellas de seis puntas, águilas y serpientes devorándose por la cola, ojos abiertos y, Dios no lo viera, cruces de varias formas y tamaños. Y había letras escritas sobre su carne, textos y líneas que recorrían sus brazos y piernas, e incluso su rostro. Y se acercó a mí y no sentí miedo. Y he aquí lo que dijo: as salamu alaikum ua rahmatullahi ua barakatuhu. Y supe que me saludaba y bendecía, y que él sabía que yo había matado a gentes que con esas palabras se recibían. Entonces temí que se acercara más y me puse en pie, pero el ser se recostó en el jergón y la muchacha se acercó y aferró su mano. Confieso que sentí como si aquel hombre hubiese visto en mi interior, y comencé a hacerle preguntas en alto tono, por querer demostrar que ningún poder tenía sobre mí. Pregunté que cuál era su nombre, a lo que me respondió desta manera: ego sum qui sum. Conociendo yo esas palabras y creyéndolas burla, repetí la pregunta hasta gritar, pero no obtuve respuesta sino del converso Abel, que juraba que aquel poco entendía y no había expresado aún palabra en idioma de nuestra Católica Majestad. Inquirí entonces qué hacía allí y de dónde venía, pero siguió mirándome con calma, como si poco valiese responder. Desistí yo de sacar nada de él y me dirigí a la muchacha. Ella explicó que las fiebres habían durado por dos semanas, que había delirado hasta gritar en tres lenguas diferentes, que eran dos y el hebreo que ella conocía por su padre y aquel por los suyos. Poco sentido habían tenido estas palabras, que según el padre parecían sacadas de textos antiguos, y ningún daño había recibido ni forma violenta había él mostrado hasta que echaran los vecinos la puerta abajo, que ella había pensado que venían a quemarlos, y así el ser había contestado. Las fiebres le habían dejado al borde de la vida mejor, si es que él podía eso conocer, mas cien paños húmedos, ungüentos y noches de ella en vigilia habían logrado la curación del ser, si no en alma, sí en cuerpo, y aunque aún estaba débil era de parecer que viviría. La muchacha, de nombre Miriam, jurome que nunca había tratado de forzarla y que tampoco había contestado a pregunta de ella o de su padre, aunque éste había usado incluso la lengua de su pueblo. Yo por temer engaño quise obtener algo de aquel hombre que yacía en cama y me miraba como si supiera todo de mí. No sabía siquiera si era cristiano, judío, musulmán o indio de ultramar, sino que más parecía mezcla de todos, con sus símbolos y sus tonos de piel todos al tiempo. Y porque no me respondiera lo mesmo de antes, no le pregunté ya su nombre, sino dónde era su hogar y moraban los suyos. Quedó tumbado, mirando al techo, y nada dijo. Mi enfado tornose ira y le pregunté quién era su familia, y por toda respuesta nos miró uno a uno a los presentes, a Abel y a su hija Miriam, a mí, e incluso a mis hombres, y nada respondió. Y entonces se oyó afuera renovada algarabía y uno de los míos se asomó y supimos que estaba pronto el Santo Oficio, que había olido lo ocurrido como alimoche que va a la carroña. No temí por el ser, que me era extraño y ajeno, pero Abel y su hija serían llevados también, y acusados de marranos y herejes, y aunque lograsen demostrar prueba en contrario sufrirían tormento hasta lograrlo y volverían a casa sin ser los mismos. Y en un segundo vi a la muchacha pasando en vela las noches, ocupándose del hogar y mojando en agua fresca los paños para enfriar la frente, hasta el punto que él le debía la vida y, si no se la arrancaban los inquisidores, también el alma. Y aferreme a la esperanza de salvar algo demostrando que el ser era infiel, por no tener potestad sobre ellos el Santo Oficio, y preguntele si en algún dios creía. Se incorporó como si hubiese comprendido, pero me miró sin decir palabra. Yo repetí la pregunta casi a voz en grito. «¿Crees en algún dios? ¡Dilo!». Y mi orden resonó como eco de bombarda, pero él nada dijo. Sabiendo que sin respuesta todo estaba perdido y avisado por mis hombres de que llegaba la gente sabida con vecinos en alto número y teas y garrotes, aferré al ser por los hombros y lo zarandeé, pero mudo siguió y sin miedo. La muchacha se lanzó a mis pies, llorando y rogándome que nada le hiciera y en su aflicción, y no sé si por acallarme o intuir que trataba de ayudarlos, pronunció ella misma la pregunta: «¿Crees en algún dios?». Y la respuesta oímos de labios de aquel. «Sí», dijo. «¿En cuál?», grité yo. «¿En cuál?», repitió Miriam devolviéndole la mirada. Y ese ser del que ella todo ignoraba, ese que era su deudor de vida, sin dejar de mirarla contestó: «En ti».

Sepa vuestra merced, y por mi bien con nadie lo comparta, que en esas dos palabras entendí yo más de religión que en muchas misas que he tenido a bien contemplar. Allí callamos el tiempo que tarda una piedra en hundirse, y apareció el inquisidor con los que le seguían. Pronto vi que salvación no había para el ser y el pobre Abel. Así me fui junto a la muchacha y juré por mi cargo que ella nada sabía, y el converso y el ser del que nunca oí nombre se dejaron prender al tiempo que me miraban como a amigo que en momento de peligro salva el bien más preciado. Y así fue que nada pude hacer por librar a dos infelices del proceso del Santo Oficio. Como vuestra merced ya ha de saber, juzgados están. El converso será azotado en auto de fe y lo dejarán moribundo, pero ya me ocuparé yo con vuestra licencia de que quede al cuidado de su hija. En cuanto al otro, dicen que ha de ser demonio, porque habla cosas extrañas en lenguas de pueblos con distinto Dios, y saben los que saben que su destino queda ya en Nuestro Señor y de manos del Inquisidor General, pues por la gravedad del asunto no es público lo que con él harán. De momento lo tienen preso y dicen que nada habla ya, quizá por haber comprendido a dónde llevan hoy palabras dichas en lengua equivocada. Y poco importa qué signifiquen. Miriam le lleva pan cada día, pero la echan y le escupen. Esta madrugada se lo llevarán y sé por mi cargo que ni ella ni nadie en esta ciudad volverá a verlo.

Ésta y no otra cosa ocurrió, mi señor Marqués. Y bien estará, pues cierto ha de ser que sólo demonio puede hablar en tres lenguas textos sagrados y hacerlo con sabias maneras, como nacido en esa fe. Y sé que antes de por mi carta ya ha tenido vuestra merced conocimiento por los generales del Santo Oficio. Dado me es creer que habéis creído buenas sus razones, por no hacer nada en contrario, y tampoco espero que lo hagáis ahora. Mas ruego que  oigáis mi cuita, pues van tres noches que no duermo con una idea que como martillo golpea en mi conciencia. Que lego soy en asuntos de teología, pero aprendí letras por mi madre, y se me ocurre si no habrá otro ser con esos saberes para adorar al Señor en tres lenguas distintas. Porque hay quien dice que no dista mucho un Dios de otro, y que somos nosotros los que distamos y nos separamos de nuestros hermanos, y pienso si aquel al que vimos y hemos condenado por demonio no sería justamente lo contrario, llegado quizá para ser prueba viva de que somos uno y hacérnoslo entender. Rezo al cielo y a mi madre, que allí descansa, porque yerre yo en este juicio y vuelva a dormir con la paz con que lo hacía en su regazo, cuando oficios de hombres y fe ignoraba. Y ruego a vuestra merced que haga algo si cree que llevo razón y si no queme esta carta o, por no dejarla en fuego y sepa el diablo de mi conjetura, la guarde donde nadie en quinientos años pueda hallarla. Que Dios se apiade de nosotros.

Ilustre señor, besa las manos de V. M. su menor siervo: Juan de Espejo, alguacil.

A.C. EL COLOQUIO DE LOS PERROS

Asociación Cultural El Coloquio de los Perros, con sede en Montilla (Córdoba). Colaboradora de Expreso del Sur