SUNDAY 09 JULY 2017

A mí los libros me parecen un coñazo

Discurso de Rafael Sánchez Zarza, Premio Princesa de Asturias de las letras dos mil treinta y uno, durante la ceremonia de entrega de los galardones en el Teatro Campoamor de Oviedo.

Majestades, Premiados, Miembros del Jurado, Señoras y Señores:

Se hace preciso reconocer, al recibir este premio, una verdad que durante años he mantenido oculta. Se hace ineludible desvelarla pues, además de lo deshonesto que resulta subir a este estrado y ocultarlo, se da la circunstancia de que quien debería acompañarme hoy, compartiendo este galardón conmigo, ha fallecido hace poco más de un año.

Era mil novecientos noventa y cuatro cuando empezaban a conocerse mis libros y me entrevistó un periodista del desaparecido diario El País. El reportero, consciente de tener enfrente a alguien que no había demostrado nada, quiso profundizar, ver si aquel pimpollo escurrido y paliducho tenía algo de escritor; estuvo correcto pero muy inquisitivo. Cuando unos días después leí el reportaje, un párrafo me llamó la atención; el entrevistador se preguntaba cómo alguien que vivía recluido en su casa por una enfermedad como la mía podía tener un conocimiento tan preciso sobre tantas vivencias y gentes y escribía, con tanta exactitud, sobre las experiencias más frenéticas de la juventud y el lado más ensordecedor de la noche. Con su pregunta, aquel hombre tocaba la clave, la entraña de lo que ha sido mi vida como novelista; la observaba, la pesaba, la palpaba entre sus manos y, luego, volvía a dejarla en su sitio. Fue aquella una de las primeras entrevistas que me hicieron y pensé que este sería un tema recurrente en las sucesivas pero, de todos los periodistas con los que he dialogado después, de todas las tonterías y cosas acertadas que han dicho, ninguno parece haber vuelto a darse cuenta de esta evidente paradoja.

Desde mi nacimiento he padecido una distrofia muscular congénita, agravada por otros padecimientos neurológicos y pulmonares, puedo andar y moverme, con dificultad, dentro del espacio de una habitación pero para salir a la calle necesito hacerlo en una silla de ruedas como esta que hoy me acompaña. Mis paseos en el exterior deben ser breves, pues el frio, el calor, la contaminación, o el simple bullicio, me trastornan hasta enfermar. Y aquí hago un inciso y aprovecho para pedirles disculpas, porque, cuanto termine este acto, habré de salir para mi cuarto, demorándome lo menos posible y sin poder agradecer a todos ustedes, como se merece, su generosidad al otorgarme un galardón que, sin duda, es la culminación de mi carrera. Pero la naturaleza ha sido rácana conmigo, obligándome a ver la vida a través de la ventana de mi cuarto.

Y es allí donde, sentado al ordenador y con todas las horas del día por delante comencé a escribir. Cuentos infantiles primero, pequeñas simplezas que nadie más ha leído pero que todavía conservo, historietas cortas en las que un niño sano vive aventuras más allá del portal de su casa; relatos que no tienen valor literario pero en los que está presente el escritor que luego seré, y que ya contienen algo que se repetirá en toda mi obra: el reflejo de mis sueños, la traslación de mis deseos, la manera a mi alcance de vivir lo que de otra forma me ha sido negado. En las novelas que los seguirán, un hombre que jamás ha abrazado a una mujer ni sentido el calor de otro cuerpo que no fuera el de su madre relata las más apasionadas aventuras con las más atractivas mujeres. ¿Y cómo es posible que describa con tanta exactitud los sentimientos de los amantes quien nunca ha amado, la fuerza de la amistad quien nunca ha tenido un amigo, la satisfacción de la venganza quien nunca ha sidocapaz de levantar un dedo contra nadie?

La respuesta, naturalmente, es que Rafael Sánchez Zarza, el escritor, son en realidad dos personas.

´La lectura’ (Primer Premio), de Francisco Javier Domínguez

Mi hermano Víctor solía decir: «A mí los libros me parecen un coñazo», yo callaba y cerraba uno; luego empezaba a contarme dónde había estado y lo que había hecho la noche anterior, sus planes para el próximo fin de semana o los problemas en los que se había metido en el instituto. Sacaba un cigarrillo y decía «No te molesta, ¿no?» yo asentía y me disponía a escuchar. Mujeres de toda condición desfilaban ante mis ojos aunque compartiendo siempre unos rasgos: ser peligrosamente atractivas, estar enamoradas y dispuestas a quitarse la ropa. Algunas pasaban y desaparecían, otras se quedaban un poco. A veces, utilizando excusas peregrinas las traía en su coche hasta el portal de casa, subía y me decía: «Mírala», después añadía: «Esta vez va en serio, esta sí es la mujer de mi vida. Luego te cuento».

En otras ocasiones el relato era sobre noches de borrachera y bronca, carreras de coches y motos, épicos partidos de futbol. Cuando era todo el grupo de amigos el que venía a casa, aquellos posesos se pavoneaban comparando sus hazañas en todos los terrenos, se quitaban la palabra los unos a los otros, Imponiéndose quien más gritara. Yo reía y disfrutaba. Y lo hacía además sin un ápice de envidia o la más mínima tristeza. Fue como si me dictaran mi primera novela.

La Ciudad ganó el premio Biblioteca Breve y, casi sin esfuerzo, me situó en el mapa de los autores conocidos. Luego vendrían el resto de mis obras de juventud: Animales feroces, La vía del corto plazo y Alrededor de tres años. Aquellas primeras novelas rebosan adrenalina, son pura convulsión adolescente aunque gustaron también a la gente más mayor. Provocaron mucho escándalo y sobre ellas se hicieron programas de radio y televisión e incluso estudios más sesudos. Escribía con ardor y deleite, arrebatado por las aventuras, por el amor, por la creación y la vida. Escribía tanto que basculaba sobre la literatura y perdía la noción de la realidad durante días, debiendo hacer grandes esfuerzos para volver de aquel lugar en el que encarnaba a auténticos héroes de nuestro tiempo, arrastrados por sentimientos grandiosos y pasiones violentas, a un mundo en el que, desgraciadamente, sólo era un muchacho enfermo que llevaba una existencia anodina.

Conforme fueron pasando los veranos la vida nos fue tratando a todos cada vez un poco peor. A Víctor, que a era incapaz para la moderación y el ahorro, los negocios le habían ido bien durante un tiempo, pero le hicieron un par de jugadas y lo perdió todo. Se casó y divorció tres veces. Disfrutó y sufrió mucho con esto y tuvo además cuatro hijos. Los quiso muchísimo pero fue un inepto a la hora de ocuparse de ellos. En la medida de mis posibilidades yo le sustituí en esa labor de padre y cuidando de sus chavales fue como entendí lo que es el verdadero amor. Que rompió por completo mis esquemas; al darme cuenta que el resto de los afectos, en comparación son débiles, están sometidos a desgaste y necesitan ser alimentados. Ese instinto fascinado no admite transacción ni pide ni necesita nada a cambio, disfruté mucho llevando todo esto al papel. De allí salieron; A lo mejor te lo cuento y Dentro está. Que es la obra de la que me siento más satisfecho, que ha sido traducida a un buen número de idiomas, ha ganado varios premios y, modestamente, creo que ha influido en la gente; pues por todas partes me preguntan por ella y me hacen reflexiones que llegan a veces más lejos de lo que yo mismo había considerado al escribir; juicios y razonamientos que me llenan de asombro y mejoran lo hecho. Han dicho que esta es la época de madurez de mi obra, que se vuelve más intensa y honda pero también más melancólica y un poco desencantada.

Al final de sus días, fui yo, el enfermo, quien acabó cuidando de mi pobre hermano. Pude conocer entonces lo que es sentirse caer, ser abandonado por los amigos y viví los estragos que el alcohol y la amargura causan en las personas. De ahí salieron: Abrazando este frio reptil, Días sin huella y Bajando el ritmo otro punto. Todas ellas aplaudidas por la crítica como bien estructuradas, profundas y creíbles pero de las que, he de reconocer, nadie ha dicho que sean fascinantes o de lectura imprescindible. Me costó mucho terminarlas; por primera vez no hallé placer alguno en el trabajo y escribir en estas condiciones para mí carece de sentido. Debo ser honesto y advertir que, a partir de ahora, es muy posible que lo que salga de mi pluma esté falto de fuerza y no merezca mucho la pena.

Ser un observador me ha facilitado el ángulo que el novelista necesita y, además, al poner en el papel lo que me iban relatando he vivido lo que escribía. Es el proceso inverso a la escritura pero resulta mucho más sencillo que sintetizar a partir de las propias vivencias. Yo sólo he existido en el papel y esto permite a quien me lee contemplar mi vida como el diario que un niño llevara de sus ensoñaciones; un relato esperanzado, nítido e iluminado.

Mi hermano nunca se hubiera sentado a escribir; él tenía que vivir. A mí, la debilidad muscular me arrestó en la habitación y me obligó a mirar e inventar. Fuimos el equipo perfecto. Al escribir acariciaba la vida en la punta de los dedos, la literatura lo era todo. Estoy orgulloso de lo que he hecho y satisfecho con la existencia que he llevado; construir una obra me ha supuesto ser reconocido y pasar buenos momentos, pues es un placer emborronar papeles, imaginando, construyendo paisajes y situaciones, dando vida a personajes, amando y odiando; puliéndolo todo hasta sacarle brillo, hasta crear belleza con las palabras y emoción con las historias; sabiendo además que ahí, al otro lado, está el lector, al que conmoverás y te acercarás hasta acariciarle el alma. Sí, sin duda escribir es algo hermoso y me alegro de haber sido escritor. Sin embargo —y esto debo decirlo aunque hoy no sea el día— en la soledad de mi cuarto, cuantas, cuantísimas veces las manos se me han caído del teclado y, cerrando los ojos, he deseado, aunque sólo fuera por unas horas, haber podido yo también pensar como mi hermano que «amí los libros me parecen un coñazo».

La plática de los cánidos

platica-de-los-canidos

 

El doctor Redondo Quintana se aburría en el parque. Hacía tiempo para ir a cenar con unos amigos, pues no quería llegar a la casa del anfitrión antes de la hora citada. Recordó que en un rincón del predio funcionaba una feria de libros usados y antiguos, y se acercó. Una veintena de puestos de chapa pintados de verde se alineaban contra la medianera perimetral.

Tangram

11º concurso el coloquio

1.-

Cuando nací, mi madre ya llevaba tres años muerta. Mi hermano ya llevaba tres años muerto. Mi primera cuna fue un lecho de hojas secas. Mi primera sábana, una bolsa de basura. Yo sobraba en alguna parte y faltaba en algún otro lugar. No era más que una pieza extraviada que buscaba su propio espacio en el mundo.

Análisis sobre el amor y otras utilidades

El Amor es un sentimiento muy bonito, descargable y con múltiples utilidades aplicables a la vida real. Dispone de una interfaz intuitiva que ha sido desarrollada para todos los sistemas operativos; sin embargo, suele ofrecer problemas en aquellas personas que no han seguido los pasos estipulados de instalación (léase que han instalado la versión Free Download, cuya autoría es aún desconocida aunque se atribuye a un terrorista cibernético) o que, simplemente, han preferido conformarse con la versión Beta, primer ensayo que sirvió para patentar el producto.

No encuentro el camino a casa

Recuerdo este aire, el olor del mar, esa mujer que levanta la persiana del bar. Cada paso me recuerda ese sucio gris que mis pies pisan casi en el mismo punto.

Un día como profesor

expreso del sur un día como profesor