El buen tiempo, en Córdoba, es sinónimo de vino. Resulta difícil imaginar una primavera cordobesa sin una copa de Montilla-Moriles en la mano, rodeado de amigos. En la ciudad de la Mezquita, la Cata de Vino es un punto de inflexión en el calendario, la ciudad se hace más alegre, la fiesta es ya imparable: el mayo cordobés se ha instalado en el Guadalquivir.

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Tres jóvenes se hacen un selfie en el segundo día de la Cata. FOTO: Francis Salas

Desde siempre, donde bodegas y responsables de la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles –la más antigua de Andalucía- veían una oportunidad para la promoción y el negocio, los cordobeses se tomaban la Cata para dejar atrás definitivamente la oscuridad del invierno. Manga corta y ropa fresca se desempolvaba del armario para un mediodía de vinos. Y buscando la sombra, siempre la sombra. 

El paso del tiempo ha sentado de maravilla a este evento. La Cata, a la vera del Palacio de la Merced y los jardines de Colón, viste con una elegancia impecable. Echar unas horas en la Cata es una experiencia cómoda y enriquecedora, y el maridaje con la gastronomía de la tierra –representada por un buen ramillete de restaurantes- impide poner excusas para no volver en cuanto se pueda.

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Un joven se lleva la nariz una copa de PX antes de catarlo. FOTO: Francis Salas

Las novedades no han arrebatado la esencia de la Cata. La han mejorado indiscutiblemente. Como la nueva copa, complemento –nadie lo llama sustituto- perfecto del catavinos, el clásico traje de los Montilla-Moriles puesto a revisión en un intento de acercar estos generosos caldos a los nuevos consumidores. El tiempo dirá, pero la iniciativa parece estar bien tirada.

Durante las cinco jornadas de convivencia en torno al vino (las puertas estarán abiertas hasta el domingo), el programa de actos incluye catas dirigidas y la presentación de nuevos vinos a cargos de algunas bodegas. Es el caso de la montalbeña Bodegas del Pino, que se ha reservado el marco de la Cata para dar a conocer su último producto, un vino de tinaja embotellado con el sugerente nombre de Bailío.

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Buen ambiente en la Cata durante el mediodía. FOTO: Francis Salas

Con tal ambiente, los nuevos vinos tienen asegurada una calurosa bienvenida. La generosidad de los consumidores es otra de las señas de identidad de una fiesta del vino que en esta tierra se siente como en su casa. Y es que a estas alturas, con 33 ediciones en su tarjeta de visitas, ya nadie duda en ver a Córdoba como la maga (¡abracarabra!) que convierte la primavera en vino.