Las once de la mañana en Almodóvar. El cielo cargado de nubes todavía nos daba tregua. El imponente castillo desde la cima, inspirador y silencioso, fue testigo de la historieta. Llegué sin saber bien en qué parte del mapa me encontraba. Había perdido el tren que desde Sevilla me llevaría hasta Posadas y de ahí debía arreglármelas para llegar al acto de los Ateneos en Almodóvar. Tomé entonces un tren a Córdoba y luego un taxi que me dejó sin un peso. Quería darle el libro a Antonio Gala.